miércoles, 28 de diciembre de 2011

¡UFA!

BREVE TEORÍA SOBRE LA DISCONFORMIDAD

El disconforme, siempre que supere su estado emocional primario y condicionante, deberá habitar un espacio, a veces pequeño y otras inmenso, entre las exigencias de su ser y la tolerancia por los escasos logros. Se verá, vez tras vez, entornado por lo que fue y lo que pudo haber sido. Morirá y nacerá a cada intento y a cada fracaso.
En el libro El acoso de las fantasíasSlavoj Zizek declara: "el sentimiento de lo sublime, desde luego, surge de la brecha entre la nulidad del hombre como un ser natural y el poder infinito de su dimensión espiritual". Quizás por esta pretensión el disconforme nunca será del todo feliz, pero aprenderá a abandonar este deseo de muchos a cambio de algunos roces saludables con los ideales que lo habitan. Con la fantasía que lo acosa, con la fortaleza que lo sostiene y la incertidumbre que lo ha de guiar. Las herramientas serán sus poderes, la capacidad su esfera extensible.
Claro que el grado de disconformidad no depende sólo de quien posee esta arma con filo en su mango y punta redonda. Relativízase respecto de cuán capaces de adaptarse a las exigencias de este notable individuo son los personajes que ocupan su entorno. Cuán hábiles al momento de cumplir tratados no acordados y de justificarse falazmente por la inexactitud de sus actos luego de los lamentos pertinentes.
¡Córranse! ¡Dejen tranquilo al disconforme!

Ángel Ermida con Ache

miércoles, 16 de noviembre de 2011

VISITA GUIADA

Cubriendo una nota para un periódico poco distinguido fue que tuve la oportunidad de visitar la Antigua Ciudad Autónoma. Esto es lo que allí escribí.

El equilibrio entre las fuerzas está mal constituido aquí, pensaría quizás nuestro científico Carlos Dodson al hablar de este lugar. Es una sensación que dice tener cualquier visitante de la ciudad, aunque no tan claramente como lo haría Dodson. Porque la gravedad hace lo suyo, al igual que en cualquier otra parte de este viejo planeta, pero es la disconformidad que habita en los pobladores, la que se respira en el aire, lo que altera las leyes de la naturaleza. O, si eso no puediera ocurrir, al menos genera una percepción colectiva (para todo turista). La misma disconformidad que desde los inicios ha mantenido andando a los pobladores y en expansión a la ciudad que pueblan, hoy transforma la temperatura de la zona en un calor aplastante, al ver y sentir que todo aquí se arrastra como agotado. Y no hablo solo de las personas, que sí se mueven como temiendo (pero deseando) ser convocados por algún antojo común al del resto, o por los anuncios de venta, para perder la paciencia y aumentar la expectativa y sus días de vida. También las cosas (bienes y útiles) lucen disconformes y arrastrándose. No las que salen en los anuncios y las que los anunciantes y los compradores imaginan. Sino las que los compradores compran y usan y descartan. Las que la municipalidad entierra en los lugares en que aun no hay gente revolcándose.
A más de una década de la catástrofe los ciudadanos han modificado usos y costumbres de lo que se valen y los rodea. La clase baja adaptó sus herramientas y cambió sus hábitos por los más convenientes para hacerse de los sueños de los que creen que sí saben soñar, de la forma más rápida y económica (sin tener en cuenta el costo y el beneficio sino el valor de reventa). La clase media continúa produciendo intelectuales tendenciosos, sin intereses ideológicos pero con buenas intensiones (carentes de pensamiento crítico), micro emprendimientos familiares en constante reformulación y consumidores calificados de productos desvalidos. La clase alta agudizó su misericordia para juzgar los diferentes excesos como los efectos de la misma causa, mientras construye inmensos cráteres inviolables y en las afueras para agruparse y dejarse caer con naturalidad y entre gente como uno. Por supuesto, entre clase y clase están los transeúntes de los límites en los que se adivina, a simple vista, lo dichoso o irremediable en cada situación, estén en alza o en baja.

Por fortuna puedo entrevistar a la única persona que encuentro hablando perfecto español y no ya el dialecto que lo deforma. El anciano me acompaña a visitar una porción de tierra en que ha quedado un trozo de “nostalgia”, según su propio punto de vista. "Aun conservan un árbol, de esos que se plantaban en las veredas. Todos los otros fueron eliminados para no seguir alimentando ilusiones de las de verdad". El anciano se abre a la entrevista: "en la nueva lengua de estos nuevos habitantes se han censurando los adjetivos en un comienzo; y luego, creyendo ser más respetuosos e inteligentescomenzaron a hablar sin preguntar. Por ejemplo, ¿sabe como se saluda aquí?: - ¡yo estoy bien! El otro responderá - ¡yo estoy bien, también! Si alguno preguntara, seguramente especularía con alguna respuesta, y de sentir envidia, iría a parar a lo alto de un edificio de manos de la policía".

Almendra Bernal

martes, 8 de noviembre de 2011

ENCANDILA

El acto de despertar trae aparejado una acción y un acontecimiento. La acción a la que referimos es la de abrir los ojos, el acontecimiento es ver. Muy pocas veces ocurre la noción de despertar sin reconectarse con el sentido visual, quizás debido a que la visión en tal caso sitúa al sujeto, podríamos llamarlo “soñante”, y lo re ubica en la realidad: lo transforma en “ex soñante”, siempre que el paisaje de esta realidad se diferencie del que tocó en el sueño. Continuemos un poco más...
De la misma manera ocurre en el caso contrario. El sujeto deja obligadamente de ver para pasar al estado de sueño. Eso, al menos, es lo que ocurre comunmente, y aún no he sabido de alguien para quien no funcione de esta manera. Cerrar los ojos para dormir está incluido hasta para los no videntes. El motivo es fisiológico y podría obedecer al estado natural del cuerpo y de los movedizos ojos durante el período del sueño. Sería raro, incluso humorístico, contemplar que una persona consiga dormirse con los ojos abiertos o sin dejar de recibir imágenes como señales desde sus ojos. Mucho menos si se trata de señales fuertes como una potente luz. Así vamos aproximándonos a la historia que busco.
El dueño y señor de la historia que intento reflejar argumentaba padecer una atrofia de los procesos naturales que acabamos de encarar. Primero pensó ser un soñante eterno. Luego creyó haber muerto. Cuando intentó comprender la verdad, dio conmigo. Al cerrar los ojos, el hombre se encandilaba:
primero creyó que se trataba de la continuidad de un sueño que le gustaba, la secuela no tan agraciada que lo había atrapado por la fuerza por no conseguir cautivarlo con naturalidad;
luego quiso engañarse creyendo que no era su culpa, sólo un inmerecido castigo divino del que no saldría, o su camino singular a la muerte, o el estado de la misma muerte preparada para él;
cuando intentó develar el misterio que encerraba el enigma, cuando ya no pudo disfrutarlo a causa del sueño y dejó de temerle al no poder dormir, y por supuesto cuando sintió que no lo consiguiría, comenzó a buscar dentro suyo, y dió conmigo: su luz.
Carlos Dodson

jueves, 21 de julio de 2011

UN HOMBRE DE SU REY

Cualquier persona de la que se rodeaba lo consideraba insignificante, pero nuestro hombre, ignorando esa conducta por descuido o ligereza, tomaba muy enserio su labor y su existencia: la voz de su Rey era palabra divina, y para él, también era su mandato. Con delicadeza probaba a diario del manjar de sus comidas, bebia de su vino y saboreaba sus frutas. Con paso leve y sentidos alerta recorría sus jardines y las habitaciones de su palacio, sintiendo cargar en sus espaldas la incómoda presencia de la escolta real. Pasaba el día envuelto por la riqueza más extrema y las personas más influyentes de su época, sin embargo, al volver a su casa encontraba sólo a su mujer y se enfrentaba a una pobreza. Ajeno también a este contraste, era el hombre más a gusto sobre esas tierras: jamás llegó a desear algo que no tuviera, y claro que nada tenía. Jamás, hasta que un día despertó con deseos de volver a comer las uvas que había probado en el plato de su Rey.
Antes que eso la vida lo sorprendía constantemente, pues a cada momento debía cumplir con su extraordinario trabajo. Algunas veces los momentos llegaban a destiempo: una mañana lo despertaron los guardias reales con un llamado para probar los fuegos artificiales con que se celebraría, esa misma noche, el cumpleaños de su Rey. Tal importante suceso ocurría justo un día antes del aniversario de casados de nuestro hombre con su mujer. A punto de emprender el viaje al palacio, y topándose con tal coincidencia delante de sus ojos, la semilla de una fantasía intentó sembrarse en él. Pensó en convencer rápidamente a su mujer de que el Rey, a gusto por los servicio de tan humilde servidor y en justa retribución, haría arrojar esos fuegos a los cielos en conmemoración al aniversario de casados, pero un día antes de que se celebrara su propio aniversario de vida, y de día, para no restarle importancia al evento mayor. Tenia que mentir. Entendió que ese no era el camino, pero deseoso del placer de su amada, y a punto de entregarse a su tarea, quiso quedarse con uno de los fuegos para arrojarlo la noche misma del aniversario. Debía robar. No quiso pensar más e intentó poner fin a la ilusión probando los fuegos de artificio, deslucidos a la luz del sol y en un campo sin nadie más que él. No había peligro: podían usar la pirotecnia de la misma confección para la noche de agasajos. Al caminar entre los restos vio un único tubo sin haber explotado. Se quedó con él sin disimulo… era pequeño e insignificante.
La noche que le siguió a la del cumpleaños de su Rey, con sus invitados aún alvergados en el castillo pero agotados por el festejo, fue mucho más estrellada, más cálida, más silenciosa y agradable, seguramente a causa del contraste con la anterior noche. Nuestro hombre, el hombre de su Rey, también agotado pero felizmente, llegó tarde a su casa y besó a su mujer luego de declararle su amor eterno nuevamente. Allí fue que, para celebrar su aniversario y regalar placer a su amada, colocó en posición el fuego de artificio más pequeño e insignificante jamás creado. Lo encendió y se alejó, acercándose a ella y abrazándola. El brillo de una segunda luna iluminó como el sol, fue visto desde kilómetros de distancia, y fue más que cualquier otro fuego en la fiesta de su Rey, o la suma de todos ellos. Su mujer lo apretó contra el pecho tan fuerte que podía imaginar que sentía su corazón latir.
A la mañana siguiente despertó con deseos de volver a comer las uvas que había probado en el plato de su Rey. A la siguente, no despertó: la voz de su Rey mandó a cortar su cabeza.
Donato Sosa

jueves, 14 de julio de 2011

Breve biografía del horizonte

Taller de literatura, Tema: el horizonte
Los más razonadores del grupo dijeron que el horizonte nació cuando nació la luz, y cuando el planeta redondo fue creado. Con la luz y la capacidad de verlo, de ver cualquier cosa.
Difícil de imaginar de todas maneras para todo el grupo ver el horizonte. Aquellos que pueden evocarlo, quizás no por coincidencia los más razonadores, se sienten dichosos. Los que no pueden hacerlo porque jamás lo han visto no quieren hablar del tema, excepto Lucía.
Lo que explica Lucía y despierta la impaciencia de Juan, es que ella escucha el horizonte, y que más allá de sus limitaciones con la vista, comprende perfectamente el concepto: “es hasta donde llegan los sentidos” intenta formular. Y reformula, “mi horizonte comienza cuando termina el alcance de mis sentidos”.
Juan cree que Lucía no miente, sólo está equivocada. Fue sólo una confusión, “porque no está claro lo que decís, porque de ser como vos creés, tu horizonte sería el alcance de tu mano, y tenés brazos no tan largos, Lucía. Después de tu mano no podés ni siquiera especular. A lo sumo el alcance de tu audición, como vos decís, pero hay algo más allá que produce sonido y que vos no escuchás, y yo tampoco. Ojalá se llegara a oír hasta tan lejos como se llega con la vista”.
¡Incluso contesta mis preguntas!” dijo Lucía. “Puedo escuchar sus sonidos e incluso preguntar tranquila, porque espero un momento y contesta mis preguntas”. Algunos de los chicos que hasta ese momento estaban en silencio comenzaron a moverse y a hablar entre ellos. Pero la reunión no perdió el foco. “No nos desconcentremos del enunciado principal”, intervine. “Estamos aquí para hablar del horizonte. Ustedes saben que lo mismo da si lo que dicen lo conocen porque se los contó otra persona, si lo comprobaron o es inventado. Esto es un taller de escritura y no nos vamos a perder en discusiones que no tengan que ver con el tema del día de hoy. La discusión es a cerca del horizonte, y no si lo conocen o se los han presentado. La única persona en esta sala con valor para plantear el tema poéticamente, que pone su pasión en comprenderlo y no en ganar una discusión, está avanzando a medida que todos en esta sala suben el volumen de la voz sólo para que sea más difícil ser oído el horizonte”. Luego de que todos allí hicieran silencio, Lucía volvió a hablar: “mi horizonte no sólo está en frente: me rodea. Y me susurra desde la distancia que morirá si se acerca, pero que me desea”.
!Gracias Lucía!
Almendra Bernal,
relato de lo ocurrido en el taller de escritura para no videntes del Centro Cultural San Martín.
13 de junio de 2009.

Dedicado a Donato Sosa, ¡para que se recupere pronto!

miércoles, 6 de julio de 2011

En un principio

“En un principio (si es que existió tal cosa) Dios creo las leyes newtonianas de movimiento, la maza y la energía necesaria”. Albert Einstein.

Un día un accidente fue confundido con un milagro.
Estaba yo ubicado en exacto equilibrio (o procurando equilibrio) en un asiento independiente del colectivo de la línea 168, que a esas horas de la noche era “el único que me llevaba”. Se dirigía conscientemente al barrio de Balvanera, por un momento ínfimo, en línea recta y con velocidad constante. La irremediable cercanía de mi rostro a la ventanilla hacía que cualquier cosa en la que pensara durante ese viaje estuviera relacionada o afectada por el exterior: en el preciso instante que intento graficar, el escenario era el barrio de Constitución.
Luego de ver cómo un hombre cercano a una esquina le convida un encendedor a uno mucho menor, el que dio calor a una lata de la que salía un tubo por el que aspiraba, se presentó la paradoja: el viento suave e imperturbable que entraba por la ventanilla en sentido contrario al del móvil fue superado por otro de mayor intensidad y con otra dirección. Tal vez porque el colectivo redujo su velocidad o tal vez porque lo hizo el mismo barrio de Constitución, el viento más cálido y más complaciente acarició mi cara y movió irónicamente mis cabellos. Los pocos que aun conservo. Y las ramas de varios de los árboles de esa calle, de la que lógicamente no recuerdo el nombre, tiritaron por el escalofrío. Mi colectivo se detuvo totalmente, contando incluso con la completa ignorancia del colectivero sobre el tema. Al detenerse pude contemplarlo todo: con el soplido de este viento, las hojas apenas entradas al otoño de un árbol en particular, que no distinguí pero que adiviné, se desprendieron festejando el vuelo. Amarillas, verdes y marrones, decoraron esa escena extendiéndose por todo el campo visual, como abriendo un primer capítulo de una historia para contar. Lo trascendente fue que una, la menos indiferente a mi percepción de esta situación, rozó mi cien: me tocó. Cuando mi reflejo avisó y quise agarrarla era tarde. Volvió a confundirse con las otras y, creo yo, porque no lo he visto, cayeron dudando todas al piso.
Recién hoy, una semana después y tras decenas de conversaciones al respecto, pude darme cuenta que no fui parte de un milagro sino testigo de un accidente. De haber recogido la hoja, hubiera sido el principio de mi nueva fe.

Carlos Dodson

Agradecimientos

- !Me hubieras detenido antes de matarla si sabias que iba a morir!
- No sabía que iba a morir, ella me hizo creer... otra cosa.
- En todo caso lo has creído por ti misma. Y también sabes ahora que lo que muere no vuelve a ser llamado de la misma manera que al estar vivo.
- ¿De qué hablas?
- Ahora no es más ella; ahora fue ella, es ESO.
- Tu y tus intenciones de diferenciarte de mi por el modo en que hablas o en que usas este absurdo lenguaje no tendrían que intervenir en este momento. Llevas todo el día nombrando animales y plantas. Date cuenta de una vez que acabamos de matar: acabamos de quitar una vida.
- Por eso la diferencia entre…
- Sabemos que ha muerto, no importa cómo se llamó o cómo se llama.
- El vocabulario marca la diferencia, ahora se la llama de otra manera, pues ha muerto.
- ¡Olvidémoslo! ¿Qué haremos?
- Olvidemos esto también.
- Supongo que es una broma…
- No sé qué hacer. Nunca imaginé que sucedería tan deprisa. Creí que al menos duraría más su apariencia encantadora.
- Nuevamente no sé de qué hablas...
- ¡Eso es lo que siempre debería ocurrir! Quise darte una sorpresa y todo... resultó en espanto. No…
- La hubieras dejado donde estaba.
- Quería agasajarte, mujer. No hubiera podido hacer que fuera tuya. Y tu así lo querías... ¡Tu misma me lo pediste!
- Hablemos con Él, seguramente resolverá este problema. No creo que nos juzgue, tus intenciones eran buenas.
Las flores comenzaron a resguardar sus encantos aún después de arrancadas, gracias a Eva. Siempre murieron, gracias a Dios.
Gracias a Adán hoy existe una “flor” que no muere ni es flor, no nace, no huele ni cautiva. Mezcla de plásticos.
¿Estará Dios agradecido?

Almendra Bernal

lunes, 20 de junio de 2011

“El primer bombero fue un perro..."

“... Así como el primer perro fue bombero”. Esto fundamentaba una de las personas más destornilladas que conozco al ver un pequeño afiche de los bomberos de San Telmo y Puerto Madero en el que se incluía la foto de un perro negro, con la lengua afuera. Comenzamos a buscar algún tipo de explicación a la fotografía del can y de por qué estaba en ese contexto. Aquí la conclusión:

Allí por el paraíso, en los verdaderos tiempos inmemoriales, la primera mascota de Adán, incluso antes de la mujer, fue el perro. Y nos preguntaremos, si fuéramos curiosos e ignorantes, ya no después de que nos hayamos preguntado en este momento, y contestado luego: cómo saben los bomberos que este perro era negro. Muy distinto a la controversia generada por el color de piel de nuestro amigo Adán y su legítima esposa, y mucho más sencillo de comprobar. Este hecho es aclarado por un relato hallado recientemente, firmado por el mismo autor del Genesis, que nos revela las conversaciones que se daban en el auténtico "Primer Mundo". A seguir, la confirmación que habrán leído en el cuerpo de bomberos, un “extracto del texto”.

Adán: - Lord, I want a pet.
Dios: - Well… I am thinking in a dog.
Adán: - Ok
Dios: - What colour?
Adán: - Black
(¡SARAN!) 
Dios: - Ok. See you!
Adán: - Jaja! I know, I know!

Entonces: fue un perro negro el primer bombero. Pero también quien (aquí viene lo trascendente del asunto) aún en el Paraíso les salvó la vida a Adán y a Eva. ¿Cómo ocurrió esto? Adán y Eva, ambos junto al infame árbol, fueron parte de un accidente. Adán lo atribuyó a una brisa que para Eva nunca existió. Lo cierto es que en plena excitación por un simple fruto prohibido, cae una manzana de aquel manzanero, el mismo que ha dado luz al mundo y a Luis Miguel. Cayendo esta manzana fue que rozó con su cabito la corteza del tronco del árbol. Lo que para este mundo hubiera sido sólo la frotación de una madera y un "ni siquiera proyecto de madera" (el cabito), allí en el Paraíso, donde el fuego prende más fácil seguro, se produjo un incendio. Este comenzó con un breve foco en la base del árbol, y cuando estaba a punto de expandirse, el ágil can, en un intento de reivindicar su fama de no racional que le daría el hombre mucho tiempo después, apagó el fuego, levantando una pata y simplemente orinándolo.

Es cierto que nos faltan datos importantes, como por ejemplo la raza del animal o el nombre que de seguro Adán le asignó. Y otros datos menos importantes como la reacción de los dos humanos ante este hecho y la segura recompensa que recibió el "guau guau". ¡No nos privemos de especular al respecto! De seguro nuestro relato alcanza para saber por qué hoy en día los perros, movidos por un poco de instinto, un poco de memoria de su primer representante (en honor a él, como ritual) y un poco por necesidad, orinan de a pequeños chorros los árboles. Buscando el manzanero y asegurándose con el aroma que imprimen, en forma preventiva, que su mejor amigo no cometa otra vez el mismo error. Nos han desplazado a los yuyos.
Los honran en el cuerpo de bomberos. Es hora que todos nosotros los honremos.
¡Vivan los perros que pillan los árboles y no las ruedas de las bicicletas!

Ángel Ermida con Ache

domingo, 5 de junio de 2011

Reto al filo

(escrito en una hoja de papel)

Reto al filo y al horizonte. Reto al límite de esta hoja a que se aleje de mí tanto como pueda, mientras yo intento seducirlo con el lento trazo de mi desvelada impaciencia a que se acerque a mí, a mi letra, tanto como yo quiera. Seducirlo a que aguarde: que en quietud él, testigo omnisciente del desenlace, se pregunte un poco qué será de mi llegada. Por lo que ocurrirá mientras tanto, mientras intento, mientras me deje yo mismo alcanzarlo. Y que se pregunte, quisiera yo, si es que llegaré únicamente por la convicción o por intentar pedirle algo. Allí le contestaría que no sólo quiero que no se marche, ni que se acerque él, ni me quede yo; quiero siempre encontrarlo allí, huyendo de mí, para que sea él, únicamente, el marco que naturalmente soporte mi decir. Quiero que esté allí como lo único perenne, para que siempre existan los invisibles caminos, los caracteres posibles, y entonces la grandeza de los hombres para recorrerlo todo influyendo o sólo estorbando. Para que pueda yo sentir que al acercarme a él no en vano me alejo de su espejo y me acerco al que será el mío.
Mejor, que pueda yo saber que siempre que me acerco mi esfuerzo está en la forma y el modo. La intención, en aprender de él y de mí, qué es lo que somos y por qué es que siempre lo intento: siempre quiero seducirlo, y él a mi, para que ambos nos encontremos: él esperando y yo intentando no temer el no llegar.
Siempre estará allí, y yo siempre acercándome, para que el viaje me diga qué es lo que me lleva hasta él.
El filo, el horizonte, el límite de esta hoja siempre inalcanzable; y yo, siempre intentando alcanzarlo.

Almendra Bernal.

lunes, 21 de febrero de 2011

Para acotar distancias

Para acotar distancias, para mantener el respeto, para ser solidario y agregarme al martirio, traté de imaginarlo miles de veces: nunca creí que de verdad sucedería, y por eso usaba mi imaginación.
Puedo pensar, puedo soñar, meditar y reflexionar, analizar y planificar. Llorar fue lo único que hice: un accidente automovilístico me dejó parapléjico desde hace ya 5 años, restando movilidad a todo mi cuerpo. A mis piernas, a mi rostro, a mis manos. Estoy trabajosamente narrando esto con ellas, por no poder correr con ellas, por no poder sonreír con ellas. Son lo único que logré mover hasta el momento.
Pero este relato tiene que tener otra forma. Debería sonreír y no dosificar mi tristeza por el sendero más angosto. Escribir ayuda a reír de verdad, con el corazón.
Y necesito reír porque estoy enfrentando la barrera de nostalgias desde la que mis seres queridos arrojan sus lamentos y suspiros, la compasión y la tristeza. Claramente, también puedo oír. Quiero atravesarla para desdibujarla y llegar hasta ellos. Y que sepan que conservo la vida y el temor a vivir y a morir, y las ganas de diferenciarme de la muerte. La curiosidad y el dolor.
Quiero que se enteren que como estuve dispuesto para aprender a mover nuevamente mis manos voy a estar para cada cosa. Que necesito ayuda para reconquistar mi naturaleza porque la brisa es más que el viento cuando el intento es menos que el deseo.

Mientras mis manos se extiendan y flexionen concentradas en seguir mis intenciones, voy a seguir incesante dando vida a lo que el azar muestra entre mis ideas y los resultados. Quedé involuntariamente inmóvil, y por voluntad logré mover las manos: los dedos medio, índice y pulgar de cada una.
Dejo ver así que soy una persona enceguecida por el deseo, porque mis manos no son lo mismo que tres dedos; y esperanzada. Y es por eso mismo que puedo vivir así, temiendo perder el encierro de mi encanto. Creyendo inventar un alfabeto con tres dedos y una batuta. Creyendo dirigir a una orquesta de músicos ciegos, en la que el primer violín, mi amigo Carlos, cree seguir lo que creo decir.

Donato Sosa

martes, 15 de febrero de 2011

Hallazgo

Escribo para narrar un hallazgo. Parecerá extraño, confuso; lamento decirlo no más que lo que lamento haberla encontrado, y supongo que funcionará así para casi todos nosotros.
No es que la haya visto, siquiera podría decirse que la he sentido; creo que la he detectado o al menos eso intento creer.
La forma no sorprenderá ni al más incrédulo siempre que no tenga tal cosa, cosa que es conocida. No se ha figurado con un color, no se ha hecho notar inmensa, sobresaliente, inexplicable o maravillosa. Pero sí ocupó un tiempo y un espacio: la figuré, no por pena mía sino por una sorpresa que no altera, de un lado de mi cuerpo estando yo acostado. De qué lado estuvo, a qué distancia y por cuánto tiempo no son relevantes preguntas y no imagino sus respuestas. Lo trascendente, por lo que bajé desnudo las escaleras para buscar mi birome y escribir lo que escribo, tiene que ver con su desplazamiento, con su movimiento. De dónde y hacia dónde se dirigía.
El Alma, mi alma, partió del deseo, de las ganas, partió la poesía y las palabras de los alfabetos y la música y el ritmo de las pasiones, de las tensiones; partió de mi lado y de escuchar deshacerse a las lágrimas que hasta ahora más he sentido. Dejó al instinto pero partió la necesidad, partió desde donde parten las Almas. Se dirigió hacia donde se imaginan las cosas imposibles y no la he visto llegar, pues nunca la he visto, pero se dirigía a rozar las proyecciones de lo que se sospecha inasible, lo que se considera imposible; fue a cubrir la distancia entre lo que haré, lo que me propongo y lo que creo que me mantendrá insatisfecho por el resto de toda la vida: lo que hago.
Quizás no sea tan lamentable haber dado con ella pues me asegura hacia dónde apuntar cuando desee volver a buscarla, y me obliga a creer que en el viaje a las cosas que quiero realizar y no consigo quedará, sólo y limpio, lo más mío de las cosas que sí conquisté, el valeroso intento.

Carlos Dodson

lunes, 7 de febrero de 2011

Tomar distancia

Sería tomando como referencia a un individuo con experiencia en estos asuntos, como Dante Alighieri, quien intentó hacer una novela y terminó por crear toda una verdad, que podríamos determinar la distancia real entre este mundo y los siguientes. Claro que existirán los exigentes que dirán que esa distancia es relativa, y que estará basada en el comportamiento de cada uno de los seres humanos: unos irán al cielo, otros al infierno. También habrá controversia por el tamaño del alma: se sabe que quien es bueno tiene el alma grande, y esto le será más o menos útil al momento de partir, pues constar con una masa o un volumen determinados, dependiendo qué se entienda por alma, influirá directamente en la ecuación de movimiento de los seres que se dirigen al espectro luminífero o al fuego eterno.


Resueltos estos dilemas por fin podríamos obtener una estadística del comportamiento de un universo de personas que nos hiciera quedar no muy mal. Particularmente podríamos valernos de los representantes más notables de ambos universos (cardenales y jevi metals). Obtendríamos un promedio bien ponderado y actuaríamos en consecuencia directa, relacionando éste con la historia de Dante de manera proporcional.

Si quisiéramos, luego se podría determinar la velocidad media del viaje de cada uno de los seres humanos en transito midiendo, por ejemplo, el tiempo de agonía de algún pariente cercano no muy valioso para la familia y con voluntad de revertir su imagen, que se ofrezca a la horca. Experimentalmente más adecuado sería probar uno mismo, pero sabiendo lo difícil que parece ser retornar de este viaje, los riesgos de la investigación no justifican las ansias de exactitud del rigor científico que determina todas nuestras intervenciones.

Por eso, así vaya al Cielo o al Infierno, parece claro que por el momento el Hombre no puede determinar con plena exactitud la localización de estos mundos imaginarios con respecto a las geografías que rigen nuestras vidas. Será cuestión de esperar pacientemente el dichoso final de la eternidad del tiempo y el espacio, o el deseoso principio de tal cosa para quienes no se han dado cuenta en esta vida.


Prometo que en un futuro no lejano intentaremos verificar la veracidad de este mundo, contrastándolo con lo que sabemos de los otros, de manos de grandes aventureros y psicóticos.

Ángel Ermida con Ache

miércoles, 2 de febrero de 2011

SOBRE EL TIEMPO, de Donato Sosa

dEspacio(En función del tiempo)

Leyendo material que mis antiguos alumnos traían a las clínicas que más he disfrutado en los viejos tiempos, me topé con un título que también es una pregunta: ¿por qué Einstein no tenía sentido del ritmo al tocar su violín?
Antes de leer la gacetilla empecé a reflexionar y, accidentalmente, creo haber trazado una nueva duda a otra vieja pregunta: qué es el tiempo.
Primero, como cuando se quiere dar un ejemplo, modifiqué las magnitudes (en palabras de Carlos Dodson): reduje la unidad de medición que acostumbraba usar (horas, minutos y segundos) a escalas mínimas, tanto cuanto mi imaginación colaboró. En música existe un proceso equivalente, pasar los valores de una negra a cuatro semicorcheas. Así fue evidente pensar que todas las cosas varían en forma pequeña, casi invisible, en un espacio de tiempo corto, casi imperceptible. Y se relacionan entre sí. Es decir: las cosas pequeñas se modifican mínimamente; y las variaciones de las cosas pequeñas son lo que hacen variar a las cosas grandes (formadas por muchas cosas pequeñas).

Para aclarar este pensamiento me contacté con el ahora también compañero de blog Carlos Dodson. Aparte de explicarme en palabras precisas, con paciencia y voz amena el proceso lógico que yo mismo había utilizado intuitivamente y que constituye un recurso científico, también me dijo: “el tiempo es una relación de desarrollo de unos y otros procesos. Medimos nuestro tiempo en relación al proceso de rotación de la tierra sobre su eje, alrededor del sol, etc. De allí sacamos los días con sus respectivas divisiones en horas, minutos y segundos; los años se multiplican a décadas, siglos y milenios”. Yo pensaba en mi sonrisa y sospechaba la suya del otro lado de la computadora, al contar algo tan obvio y descubrir tanto asombro.

Luego de esa charla comencé a imaginar algo, y quiero invitarlos a que también lo hagan. Imaginemos que en una de esas malas películas que ya pasan en la televisión de aire, el actor principal detiene el tiempo con su reloj mágico. ¿Qué sucedió? Se detuvieron los sucesos, sí. Todo el universo está quieto; por la magia del cine el protagonista puede moverse y nosotros que observamos también. Y el tiempo, ¿se detuvo? El reloj está congelado para que el universo lo esté. La excepción es este joven inquieto que provocará un colapso universal por ser lo único que en toda la galaxia tiene movimiento; independientemente del aire que respira que se lo proporciona un milagro de las desinteligencias de los autores.
El tiempo se detuvo, porque los sucesos que le dan vida lo han requerido. El tiempo no es independiente de los sucesos. Esto es lo que me hizo ver el querido Carlos.
Pero yo sigo haciendo preguntas. Claro que nadie las contesta y mis respuestas son caprichosas. Es por eso que el tiempo es infinito. Más allá de no poder imaginar un principio o un final, lo requieren las acciones, los acontecimientos. Al igual que requieren que el espacio sea infinito. Mmmm...!
A ver: este no es mi campo, pero si se redujera el espacio del universo a un único punto (bien chiquito) perecería el alcance de los sucesos (ya siento que hablo como el doctor Dodson). No podrían llevarse a cabo procesos dentro de ese sitio, ya que se harían cada vez más pequeños, hasta que no hubiera más lugar. Si no hay lugar, no hay procesos que se desarrollen. Si no hay procesos, no hay tiempo. Si el espacio se hace finito los sucesos no pueden desarrollarse y el tiempo se hace finito. Esto es recíproco. “El tiempo afecta lo material y el espacio lo temporal. Así vivimos, afectándolos” otra de las “ayudas” de nuestro amigo Dodson.

A esa primera percepción del tiempo, el segundo, vinculamos nuestro sentido del ritmo. Convocamos a nuestras costumbres y las relacionamos con él durante toda nuestra vida. 
Ahora bien, si sostenemos que el tiempo depende de procesos, y algunos pueden ser más rápidos que otros, basta tener en cuenta la velocidad de razonamiento de Einstein para contemplar cuánto cabe en un segundo y cuán variable puede ser esta unidad. Basta percibir cuán poco puede ser para nosotros cuando estamos distraidos y cuánto cuando estamos concentrados. Cualquiera podría tener problemas con el ritmo si es en exceso inteligente y se resiste a usar un metrónomo.

Donato Sosa

lunes, 24 de enero de 2011

SOBRE EL TIEMPO, de Carlos Dodson

TIEMPO PRETENCIOSO 
Se resiste a las hipótesis sobre los viajes en el tiempo una cuestión fundamental: sería fehaciente trasladarse sobre hechos consumados únicamente si pudiéramos ejercer una transposición (y qué es esto?: allí vamos rumbo).
El tiempo se presenta como una relación asociativa y comparativa (medición) entre la duración de varios sucesos dependientes directamente unos de otros. Y esta dependencia directa exige una linealidad que nos envuelve y vincula (en un reloj, por ejemplo, la aguja que marca la hora se mueve 1 vez sólo si la del minutero se mueve 60 veces. El engranaje que las une, en este caso, es el vínculo; y el número de veces, la linealidad).
Si pudiéramos transponernos: aislar el desarrollo de nuestras propias acciones del desarrollo del resto de los infinitos sucesos, luego invertir aquellos sucesos "externos" manteniendo las perfectas relaciones entre si (así como cuando atrasamos las agujas de un reloj todas las agujas, engranando, viajan hacia atrás conservando sus relaciones), detenerlos, ponerlos en idéntico funcionamiento, y finalmente volver a colocarnos en relación a ellos, podríamos dirigirnos hacia el pasado. Razonamiento un tanto desalentador para los más obstinados.

Actualmente lleva la delantera en el campo científico, y no en el literario (fuimos testigos del maravilloso cuento de Almendra Bernal), la posibilidad de un “viaje al futuro”. Claro que siempre referiremos por viaje en el tiempo a lograr, de nuevo, desvincularse del resto de las acciones aún no realizadas (clara ventaja para el viaje al futuro) y lograr una diferencia de velocidades. Es decir, el sujeto aislado pretenderá que el tiempo, para él, pase más lentamente que para el universo del que se aislará.
Considerando mi humilde entendimiento, puedo asegurar que a nadie le resultará difícil comprender que un objeto a gran velocidad sufre distinta afección del tiempo que un par ubicado en el planeta Tierra, por ejemplo, con su conocida velocidad. Allí lograríamos, viajando rápidamente y regresando a la Tierra, este efecto de distinción de velocidades indispensable. Pero ampliemos esta hipótesis:
Supongamos realizada la máquina que lleva a un pasajero a alcanzar velocidades cercanas a la de la luz. Supongamos también que el viaje a realizar, que sin dudas recorrerá una gran distancia, por razones de comodidad y porque aquella máquina lo permite, se realiza alrededor del planeta Tierra, lógicamente con trayectoria circular.
Se presenta un problema con respecto a la velocidad, pues esta es la relación entre la distancia que recorre un objeto y el tiempo que le toma recorrerla. Si el tiempo es distinto entre los dos ejes de observación no se podría obtener una, sino dos velocidades del mismo móvil. Aunque la trayectoria sería la identica.
Solucionado este problema de alguna forma que escapa a mi inteligencia, o sin solucionarlo, la máquina despega, y aún en órbita con el planeta, gira alrededor de él. El tiempo la afecta de menor manera, mucho menos drásticamente. Por la gran velocidad el tripulante percibe el paso de unos cuantos segundos mientras, en la Tierra, serán minutos.
El planeta entero se prepara para el suceso. Orbita en él la máquina y adquiere velocidad. En el mundo entero podrá verse, al menos durante un día, a esta máquina girar en torno a él como un cinturón de los que poseen algunos planetas cercanos.
¿Podrá decir el tripulante al descender de la nave que ha viajado al futuro? Les dejo la pregunta abierta.

Carlos Dodson

lunes, 17 de enero de 2011

SOBRE EL TIEMPO, de Almendra Bernal

PARADÓJICO TIEMPO
Citaba en voz alta frases de sus propias notas a cerca de lo absurdo que le resultaba hablar del tema con miembros de la Facultad, aun más absurdo que hacerlo con gente que lo maneja sin profundidad. Un instante después recordaba cómo, al visualizar los momentos vividos en su niñez, podía modificar los recuerdos o actuar en ellos de diferentes maneras, diferentes a cada nuevo mismo recuerdo. Y ya pensaba cuánto influía esto en sus días, hasta el punto de modificar aspectos de su presente, modificando aspectos de su pasado. Fue Rey, y era esclavo de su ambición:
- ¿Pensaré?, es decir: ¿el otro pensará igual que yo? - se preguntó mientras, bien dispuesto, aguardaba el sable. -¿Recordará recoger a nuestra hija por el colegio?-.
No creyó que sí o que no. No llegó a creer, pues el ardor en su cuello fue el límite para su pensamiento y el filo de la gran espada separó su cabeza de su cuerpo. Antes, justo antes, vio una pila de cadáveres idénticos a él a su derecha.

La antigua civilización que lo recibió y le dio muerte aguardaba con ansias que el infinito monstruo apareciera nuevamente, pidiéndole a su Dios que la serie terminara para derrocar a su joven y extraño Rey. Cercanos al altar de los sacrificios, los más viejos y sabios pobladores silenciaban los impacientes corazones nuevos encargados de recibir a la próxima visita.
Miles de años después renacía el monstruo en su seno materno, y construía nuevamente la máquina de viajar en el tiempo, y se metía dentro, y viajaba. Ahora, aparecía el siguiente: el número par de la serie. Diría provenir del futuro e insistiría en no revelar hechos posteriores para no generar paradojas. En el mismo idioma que la antigua civilización, intentaría contarles a los ancianos de la ciudad sus propias historias sólo por ellos conocidas hasta entonces, con el propósito de agradar y generar un espacio para la investigación. Así, por lo menos, lo había anticipado el monstruo recién sacrificado. Ese hubiera sido su primer cometido.
Llegó y se lo escuchó, pero esta vez no se lo adoró, no se lo persiguió y huyó, como sí había ocurrido con el anterior. Lo dirigieron al altar y se le mostraron los cuerpo y sus cabezas tal como habían acordado con el recién sacrificado. Le advirtieron que no intentara engañarlos ni volver, puesto que sabían que el Rey, el sacrificado y él mismo tenían idéntico rostro y ambiciones.
Volvió a su máquina y a su tiempo. En su escritorio sonó la alarma y recordó buscar a su hija por el colegio.
Al llegar de nuevo a su casa no podía dejar de pensar en lo sucedido. La segunda vez que usó la máquina fue la última para él. Retrocedió aún más en el tiempo de lo que creía necesario para poner fin al escándalo y a la pila de cadáveres. Anticipó todo a los ancianos, algunas cosas le habían dicho ellos mismos, y así captó la atención; otras cosas sabía sólo él: - volveré en algún tiempo y seré Rey por enseñarles algunos conocimientos impensados. Seré derrocado por mis ambiciones. Seré perseguido y huiré de nuevo a mi tiempo. Luego de atravesar por todo esto he vuelto a la antiguedad para aclararlo todo y ser sacrificado, pues supe que renacería en mi propio tiempo. Pero no es suficiente para acabar con la paradoja: me han matado más de una vez. Renací siempre en el futuro, en otro punto en el tiempo. He vuelto aquí tantas veces como cuerpos pueden apilarse. Yo mismo he visto mi cadáver y, advertido por ustedes he vuelto a mi tiempo. Ahora estoy aquí para terminar con la serie -.

Volvió a su presente y oyó la alarma en su escritorio y recogió a su hija por el colegio. De regreso a su casa la niña se lo quedó mirando fijamente durante un buen rato. Al bajar del auto y antes de entrar a la casa, la pequeña le enseñó una fotografía en su libro de historia: una vasija con el supuesto rostro de un  Dios de Aztlán, algo que estudió ese mismo día en la escuela.
- Están bien parecidos ustedes -, le dijo sonriendo y corrió a la casa.
Son incontables los sacrificios que se llevaron a cabo en aquella civilización.

Almendra Bernal

lunes, 10 de enero de 2011

SOBRE EL TIEMPO, de Ángel Ermida con Ache

El TIEMPO: MEJORANDO POR LA TARDE
Resulta difícil explicar el tiempo, en especial a todos los seres humanos de este planeta. Así hayan publicado en el diccionario o prescindan de su uso. Sean vecinos de afamados eruditos o expertos vendedores de colecciones de palabras. Es por eso que estos (los seres humanos de este planeta) tienden a comparar al tiempo con cosas igual de inexplicables, al menos para ellos mismos. Actitud con tres condiciones favorables: primero, lo comparado es algo externo a la discusión que los ha invitado; segundo, suele ser lo primero que se les viene a la mente en la mayoría de los casos, y eso es siempre un alivio; y tercero y por sobre todo, hallan así la manera de evadir el tema que los convoca (dicen una cosa por otra, digamos). Por eso es que al tiempo siempre se lo arrima a algo que no tiene nada que ver con el tiempo. Con valor metafórico lo montamos en una comparación de la que nunca termina de entrar ni de salir. A seguir, la más frecuente de las conexiones.

Tiempo: clima. La asociación es inmediata, pero cuánto dista nuestro lenguaje de lo que queremos decir, es increíble. ¿En qué se asemeja el clima al tiempo para confundirlo de esta manera? Y es esta una pregunta abierta para ser contestada por quien conozca alguna respuesta, o invente alguna bien redactada y que no pueda ser refutada en 2 renglones.

Demostración:
Entrando a un ascensor se lo puede escuchar claramente al operario de la máquina, en los lugares donde todavía existen, decir quejosamente a uno de los usuarios más fieles del elevador: - que tiempo loco el de hoy.
Se podría esperar cualquier respuesta, pero el “elevado” (sólo por estar en un ascensor y ascendiendo) responde - es cierto: a la mañana un frío de locos y al mediodía no sé dónde meterme el abrigo - , colocando su sobretodo beige en su antebrazo izquierdo.
Claramente hay un error conceptual que los dos manejan a la perfección. Lo que debería haber sido normal, luego de esta conversación habitual, se transformaría en el más destornillado de los diálogos.
El "elevado" pudo haber contestado sencillamente - quizás la velocidad del ascensor lo afecte a usted mínimamente, pero esa percepción que acusa tiene más que ver con el encierro y el aislamiento del exterior, pues yo he vivido cada segundo con exacta duración-. O amablemente haber dicho - es cierto, lo noto ahora que usted lo dice. Por la mañana el día se fue volando y ahora no se pasa más -, refiriéndose en ambas oportunidades a la percepción del transcurso del tiempo. Pero no, tuvo que confundir los términos de la peor manera. Porque estar confundido en el concepto no implica también errar en el contenido de nuestra nueva asociación, ya que éstas pudieron ser las palabras del frecuente usuario del ascensor: - si se refiere al clima es normal que en un día soleado, en esta etapa del año entrando en otoño, por la mañana la temperatura esté baja por la ausencia del sol y la persistencia de los vientos fríos, y que conforme se acerque el mediodía, momento en que el sol proyecta su luz más directamente sobre la superficie de la tierra que habitamos, el calor que desprende ese astro aumente la temperatura del ambiente considerablemente -. Pero no, ha errado consistentemente. Y eso no lo ha afectado de ninguna manera. Continúa por la vida como un feliz usuario de ascensor y, aunque nos cueste creerlo, ésta se ha transformado en una de las frases que más comúnmente menciona en baños, salas de espera, y demás lugares en donde alguien le pregunta si él de veras comprende al tiempo.

Esto dice dos cosas igual de importantes: que mientras no sepamos comunicarnos no vamos a saber qué queremos decir; y que a la dificultad del entendimiento del tiempo, en Argentina se le suma la del clima.

Al no tener acceso a lo que opinan los habitantes de otros mundos, se describen a seguir algunos de los acercamientos del hombre al concepto de tiempo (todas valientes citas anónimas), de lo más habituales y con conclusiones poco habituales. Los resultados son asombrosos y describen patrones de conducta para cada quien, según con qué haya comparado el tiempo. Sea evaluado por usted mismo y compruebe a medias lo poco cuerdo que está.

EL TIEMPO ES ORO… sólo cuando se lo vende por él.
EL TIEMPO ES TIRANO… cuando la venta es mala.
EL TIEMPO ES RESPETO… por los demás y por uno mismo. Si llega a horario será justo, pero si llega temprano será inesperado y si llega tarde será indeseado.
EL TIEMPO ES EXACTO… sólo para quienes utilizan el reloj con la hora de Crónica TV. Para los otros…
EL TIEMPO ES RELATIVO… al tiempo de los que utilizan relojes con la hora de Crónica TV, si su reloj tiene otra hora.
EL TIEMPO NO EXISTE…. sobre todo para los enamoradizos.
EL TIEMPO DA EXISTENCIA... para quienes son perseguidos por personas enamoradizas.

Ángel Ermida con Ache