viernes, 14 de septiembre de 2012

Uno y otro: el mismo


Sobre el cuento El Hombre, de Juan Rulfo


Parte primera: uno es perseguido y el otro perseguidor

Uno se venga y siembra venganza con su matanza y con su ambición.
Otro cosecha la flor prematura y jura regarla con su cordura.
El uno huye al cerro con ansias de perderse.
El otro lo sigue seguro de que se perderá.

El uno se detiene por cansancio y por el peso de sus muertes.
El otro reduce la distancia y afina su voracidad.

El uno pretende alimentarse.
El otro promete una bala.
El uno abre un nuevo camino.
El otro asegura su presa.
El uno se desespera.
El otro se relame.
El uno se acorrala.
El otro aguarda.

Entre ambas partes: ambos son alcanzados
Antes: fueron rehenes de sus venganzas y ambos han muerto para otras causas.
Ahora: recuerdan y se arrepienten. Ambos son presa de lo que sienten.
Luego: la muerte los alcanza, a uno y a otro lado del refusilo.

Segunda parte: uno es perseguidor y el otro perseguido
Uno huele al hombre a orillas del río y asoma su vista entre el pajonal.
Otro remoja su ser agonizante y hace un esfuerzo por alimentarse.
El uno parece cobrar vida al ver al otro arrastrase.
El otro parece perderla al sentirse a uno acercarse.

Final: uno enfrenta al otro
Uno apunta su mira y dicta su revancha sin titubear:
Otro mira apuntando y dicta su sentencia sin bacilar:
“Muere un hombre ya muerto, morirá un hombre al matar”.


Almendra Bernal

jueves, 6 de septiembre de 2012

De crecer

Sobre el cuento La balada del álamo Carolina, de Aroldo Conti

Dude que lo haya leído pero esté seguro que se ha enterado: el arbolito más enrejado de toda la calle Saenz Peña sabía la historia del álamo carolina, de Conti. La sabía incluso antes que yo. Y se lo puede ver, caminando uno por la calle angosta, por la vereda angosta, al árbol (no vaya a decir arbolito delante de él) apresado entre barrotes verdes colocados tan estratégicamente que pasa uno distraído y cree que lo han hecho para cuidarlo. Ahora, pasa uno un día “de verdad”, un día de esos en que las cosas parecen parecer lo que son, y se sacude al entender que los barrotes y las rejas no son para él, sino por el. No son para su cuidado, son por sus descuidos: este arbolito no sólo se enteró de la historia del álamo, sino que está convencido de que es uno. Y es sabido que quien se convence y tiene tiempo, como los árboles tienen, también tiene posibilidades. No hablamos de posibilidades de visitarlo, de investigar un poco más sobre los álamos, ni de escribir una historia por la inspiración recibida. Más bien entendemos esas posibilidades como algo similar al hecho de asemejarse, de querer tanto ser igual o parecido a algo, y quererlo por tanto tiempo, que primero es una posibilidad y después algún tiempo, ¡ZAS!, es posible.
Y si pasamos en colectivo lo comprobamos: el arbolito, ahora todo pelado por la época del año, crece sin cesar. Por supuesto que en invierno descansa, ¡claro! Se adormece, como el álamo de Conti. Pero desde que conoce la historia, seguro que se adormecerá mejor, descansará más profundamente. Y la vista desde arriba que ofrece el colectivo, siempre que uno vaya sentado del lado izquierdo, y más si para el semáforo y viene uno pensando en la historia de Conti, confirma todo lo expuesto. Porque las ramas, sin ninguna hoja, ni siquiera una seca, engañan. Engaña también su tamaño y la falta de una corteza gruesa. Ya que si uno mira con detenimiento las raíces del arbolito, descubre que ahí está todo. Oculto, sí; en secreto. Pero no podríamos acusarlo de estar confabulando, incluso si suponemos con acierto que se comunica con sus colegas más cercanos y pide consejos y consulta sobre la veracidad de algunos asuntos desde el momento en que le pusieron las rejas y aprendió a desconfiar. Porque no podríamos acusarlo de confabularse con los demás árboles que lo rodean a través de sus raíces, aunque lo consideremos cierto, aunque sepamos que es verdad y hasta hayamos leído el cuento de Conti y sepamos que también él lo sabe.
No podríamos culparlo por eso. Como tampoco podríamos acusarlo de querer crecer o de intentar parecerse al álamo Carolina del que supo la historia. No podemos porque es natural. No acusar; también es natural pero no me refiero a eso. Lo más natural es querer crecer. Y más para alguien como este árbol, tan concentrado en lo que quiere que por más que le pongan rejas, sistemas de seguridad o baldosas de concreto y pase mi colectivo y todos los otros, es sólo cuestión de tiempo para logarlo, para que él lo logre y algunos disfruten y cuenten su historia y otros lo envenenen o lo poden y se quejen. Como también es natural que quiera parecerse a alguien que lo emociona, a algo que lo convoca a crecer y a concentrarse, y hablar de ello. Claro que por un tema de sensibilidad, no precisamente del árbol, algunas de estas cosas nos caben y otras no: no podemos escuchar al árbol comunicarse con los demás; no todos lo veremos crecer y sacar sus hojas más verdes, o del color que le corresponda; algunos ni siquiera entenderemos su obsesión por crecer y querer asemejarse a lo que lo conmueve. Quizás en algún momento lo hubiéramos podido hacer con facilidad. Pero lo más probable es que si no estamos leyendo la historia del álamo Carolina, todas estas cosas sigan de largo, y nosotros pasemos de largo al lado de ellas. Y entonces, cuando veamos un álamo Carolina en la vereda de la calle Saenz Peña, enrejado, talado, pintado o tan solo sutilmente envenenado, no podamos siquiera suponer que supo de esta historia, y que desde el momento en que se enamoró de su héroe, desde el segundo en que quiso ser como él, se transformó también en un álamo Carolina. Lo demás, fácil para un árbol, fue tiempo y trabajo.
Almendra Bernal

jueves, 26 de julio de 2012

La sombra de los libros

Inspirado en el poema Eche 20 centavos en la ranura, de Raúl González Tuñón

La lámpara, postura de luto,
Despide los últimos cuerpos.
No huele el olor del tormento
Mas siente tristeza por dentro;
Y cubre con su pantalla,
Por pudor y por costumbre,
Su bombilla, que no alumbre,
Con su luz, esta barbarie.
A veces intermitente
A causa de sus temblores,
Permite ver los colores
De los lomos malheridos.

“La culpa fue del olvido”
Parece insinuar protestando,
Y el hombre que viene llegando
Patea un cuerpo tendido.
Se ríe y consulta su nombre,
Se ríen en coro otros hombres,
Y luego, sin goce ni pena,
Lo tira junto a otros cuerpos,
En un ataúd compartido
Que aguarda acabar en la hoguera.

La ira, el silencio y la espera
No se funden sin estallido,
Y ocurre de un solo rugido:
La luz de la lámpara quema.
Y ocurre también lo temido:
Su luz encandila el olvido,
De negro se aferra en los muros
La sombra que un día, han dado los libros.
Donato Sosa

miércoles, 4 de julio de 2012

Enroque


Sobre el cuento El Embaucador, de Isaak Babel

La astucia de Dyakof, propia de los hombres enigmáticos de los que se sabe poco pero en detalle, no es improvisada ni recién adquirida: cuando desaparece de algún sitio con una frase sentenciosa, se presenta en otro causando la misma sorpresa. Así es que al terminar con la lección al campesino embaucador, poniendo a su yegua en pie, y tras su salida de escena como un prestidigitador, reaparece en la sala del estado mayor, presentándose ante Sch. juntando los tacos en tono de farsa.
- Comandante del Estado mayor - dice fuerte y claro el del mostacho gris cortando su cara roja, - lamento interrumpir sus pensamientos.
Sch, con el rostro iluminado por mirar por la ventana, no se asombra al escucharlo. Dirige su vista hacia él como captando la continuidad de la escena, y le dice: - Diakof, es una suerte para nuestro ejército contar con las irrupciones de hombres valiosos como usted. ¡Haga el honor de beber conmigo!
Se sientan a ambos lados del escritorio. Mientras Sch. sirve el bodka, Dyakof observa frente a él un juego de ajedrez posado sobre un vértice en la gran mesa repleta de mapas de Rusia y de Polonia. Los mapas, plagados de escrituras y de símbolos absurdos, no encierran la magia de esas tierras sagradas y apenas difieren sus colores cuando les da el sol poniéndose, o cuando se alumbran con una lámpara de campaña, como en ese momento. Por eso es que Diakof prefiere observar el tablero de juego al empuñar su vaso pequeño, y aun mientras lo bebe súbitamente. Por eso mece el vaso en el aire y parece reflexivo al menos durante unos segundos.
- Desde el comienzo los caballos son pocos - dice apoyando el vaso en el brazo de su silla.
Sch. lo mira a los ojos, interrogándolo, pero los suyos aun están sobre el ajedrez. Cree advertir que hablaba del juego. De todas formas aguarda en silencio.
- Aún cambiándoselos a los campesinos, Señor.
- ¿Qué insinúa, Diakof? - repone Sch. monocorde.
- Sobre el ajedrez, que menosprecia el poder de una caballería. Y sobre nuestro combate, Señor, que no contamos con los hombres ni con los caballos suficientes para salir victoriosos.

Cuando la astucia confronta con el pensamiento metódico y la reflexión profunda, sale  ilesa sólo por cortesía. Así, pues, Sch. invita a Dyakof a comprobar su mal tino:
- Le mostraré, Dyakof, las verdaderas relaciones entre el ajedrez y la guerra si acepta una partida conmigo.
Ahora despejan el escritorio, con excepción de los mapas que sólo son enrollados, y ubican el tablero en el centro. Sch. da al otro las figuras blancas y Diakof hace el primer movimiento. De allí en adelante, será victoria del estratega.
- En esto, - explica Sch. -, el ajedrez se asemeja a la guerra: si el comandante es novato, basta con ver su primer movimiento para saber a dónde se dirige con su frente, siempre que puede avanzar realmente.
El rostro de Dyakof se petrifica para no enseñar sus pensamientos.

Cada jugador mueve 4 veces sus fichas en un completo silencio que rompe nuevamente la voz de Sch.:
- Aquí también hay una similitud entre ambos. Si el comandante es astuto intentará adivinar los movimientos de su rival, como usted hace; pero siempre que su oponente se lo permita.
Por primera vez en la partida, Dyakof levanta la vista del tablero para observar a su contrincante.
- Habrá notado usted que aún no me referí a las fichas, querido Dyakof, sólo a quien las mueve. Y esto tiene una explicación simple: si uno juega al ajedrez únicamente con sus queridos caballos, puede perder el juego. Pero si uno comanda el Ejercito Ruso sólo como un jinete, por mayor que sea la astucia con la que cuenta, perderá la batalla, y muchos de sus combatientes no servirán a la siguiente. Eso es algo más grave y tan sólo la primera diferencia -.
Sch. separa el tablero a un lado del escritorio y extiende sobre la mesa dos mapas de diferentes colores que sostiene en sus extremos con ambas manos. Continúa: - La segunda, querido amigo, es que en una guerra como esta, los dos bandos no tienen las mismas figuras, ni la misma cantidad. No obstante, se desarrolla en varios tableros y en diferentes batallas -.
Sch. se pone en pie y firme. Con las manos aun sobre el escritorio pronuncia como una orden:
- Resista con su frente el avance polaco y aguarde la llegada del victorioso resto del Ejercito Rojo. Han triunfado en la Guerra Civil, y vienen en camino las tropas necesarias para atravesar el puente polaco, con la revolución bolchevique, hacia el frente occidental.

La sorpresa de un hombre acostumbrado a dar sorpresas es muda. Dyakof se levanta y contesta como un soldado raso al comandante del Estado Mayor. - ¡A la orden, comandante!

Ángel Ermida con Ache

lunes, 13 de febrero de 2012

400 veces

Inspirado en El Mito de Sísifo, de Albert Camus
Para Tomás Cingolani

El sol tiene 400 veces el tamaño de la luna. La luna está 400 veces más cerca de la tierra que el sol. Ambos son redondos. Todos los días el sol sale en un horizonte y se pone en el opuesto con total indiferencia, ya que en verdad es la tierra la que gira y nos regala este encanto. La luna, sin descuidos ni prevenciones, gira en torno al planeta.
Uno de esos días en particular, la trayectoria de la luna se asemeja tanto a la que asignamos con encanto al sol que se superponen, si observamos desde nuestro humilde punto de vista del gran astro y del satélite. Es así que desde algún lugar de la tierra vemos maravillados cómo la luna, por la exacta y agradable coincidencia de distancia, tamaño y forma con respecto al sol, lo cubre por completo. En el cielo flota una corona circular de fuego tan hermosa como fugaz, y asoman las estrellas más cercanas porque se cubre todo de negro. Algunas de ellas, incluso, que sólo así veremos. Nuestros rostros quedan pasmados y nuestros más oscuros pensamientos parecen refugiarse de tanta belleza. Atribuimos este evento a un obsequio o a un castigo, para lo cual, tenemos la decencia de crear algún dios dadivoso o celoso.
No podemos explicarnos lo que sucede y por qué sucede, aunque sepamos cómo sucede y hasta podamos calcular cuándo sucederá. Claro que no hablaremos de que a cada segundo, en algún rincón de esta galaxia ocurre el milagro del eclipse, porque no nos concentramos en los astros, los planetas y satélites, las órbitas, las distancias y los tamaños, sino en nuestra limitada comprensión y punto de vista de todo eso. Atrapados en nuestra fascinación por lo poco habitual. Nuestro celo por conservarlo en la memoria. Nuestra tendencia a colocar valor y belleza en lo que sucede poco, en lo extraordinario. Nuestro impulso a inventar hipótesis y a salir a convencerlos a todos. Nuestra costumbre de adornar con fantasía nuestras apreciaciones.
¿Y todo lo otro? ¿Lo que sucede a diario y con mayor frecuencia puede ser igual de maravilloso, solo que menos exclusivo? También han nacido y resurgido dioses que representan o dominan todos los fenómenos a los que estamos tan acostumbrados cuando no los extrañamos. Y siempre, considero, con el mismo fin.
Algunos mitos y leyendas fueron usados para manipular masas con propósitos siempre indecentes. Pero me gustaría creer, al menos en este momento, que nacieron por algo más digno. No podemos explicar con exactitud lo que sucede, pero nos es imposible dejar de intentar explicar lo que sucede.
Por detrás de este ciclo, para algunos de nosotros extraordinario y para otros habitual, asoma la conciencia. Así como a Sísifo en su retorno a la piedra. Y aquí el valioso detalle: mientras más frecuente, más bello y encantador.
Carlos Dodson

jueves, 19 de enero de 2012

La memoria de Carlota



Sobre la novela Las Palmeras Salvajes, de William Faulkner

Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena.
Las manos de ella, juguetonas y más ligeras, se entremezclaron con las de él aquietadas por la posición, la presión del hierro y de la cerradura, y luego de recorrer su cintura por los lados se acomodaron en los bolsillos delanteros de los pantalones de Wilbourne y desaparecieron en el preciso momento en que un guardia extraño le chistó y rompió el hechizo del recuerdo no evocado para tomarlo de un hombro y conducirlo sin que mediara una palabra por el largo pasillo hacia su celda.
No lo percibió en ese momento, caminando y mirando el piso y observando las pisadas del guardia detrás suyo de tan baja que tenía la vista, y viendo las luces de las celdas que angostaban el estrecho pasillo, y las sombras quietas de los reclusos (a veces más quietas que las sombras de las rejas a través de las cuales pasaban como ráfagas de viento suspiros y quejas para el guardia, y advertencias y preguntas y chistes desgastados para el recién llegado Wilbourbe), aun no era momento ni estaba él preparado para lo que se vería obligado a sentir.
Sólo meses más tarde (tal vez en medio transcurrieron noches en que los minutos le parecían extenderse a través suyo trepando desde el suelo las patas del catre y apoderándose de su cama y de su soledad y de la superficie de su cuerpo) tuvo el instinto de aceptar lo que la carne y la memoria harían con su recuerdo. Lo percibió un día en que las tareas comunitarias habían sido suspendidas por asuntos que luego sembrarían antecedentes en todo el distrito y especialmente en la cárcel donde se encontraba. Ese día miró sus manos como lo hacía todos los días durante el viaje a la mina o al carguero o a la vera del río, y como lo hacía luego al volver cansado a su celda o al terminar la comida o en la salida al patio. Cuando su cabeza ya no estaba vacía ni preocupada notó que el recuerdo de Carlota era borroso debajo de la mugre de sus manos gastadas por el trabajo, y de sus ojos de a poco entristecidos cayó una lágrima que lavó la palma de la mano derecha y que sintió sólo porque veía, ya que al cerrar los ojos no pudo percibir cómo la lágrima seguramente lo acariciaba al desplazarse hacia sus dedos. Junto al grifo enjuagó sus manos con rabia primero y luego con paciente técnica y detalle, como hacen los doctores. Al sentarse y verlas nuevamente las sintió sin el viejo y acostumbrado uso sensible de percibir el tacto delicado de Carlota y el nuevo de custodiar esas percepciones por siempre. Notó luego que el lunes de la semana anterior y el viernes anterior a ese día no miró sus manos y olvidó recordar su figura llegando, el sonido de sus pasos descalzos sobre el piso de madera o el calor de su cuerpo en medio del frío del invierno. Se dio cuenta que el rostro de Carlota comenzaba a nublarse y a perder detalles y que no podía ya distinguir un recuerdo cierto de uno imaginado, y sin importarle la diferencia se importó nuevamente por la figura del rostro desvaneciéndose pensando: quizás el recuerdo se esfuma por la falta de una fotografía o un dibujo de Carlota, o un objeto que me recuerde su temperamento y así pueda acordarme de su rostro cuando estaba concentrada y luego pueda acordarme de su rostro cuando estaba alegre y que eso me salve o me condene en una noche como esta.
Desde que ella murió y él entró a prisión no temía morir él, ni perder la libertad ya perdida, ni librar una batalla, sino olvidarla. Y fue esa noche, en que los minutos seguramente se hubieran trepado a la cama a través de las patas del catre con mayor facilidad y con tanta más pena, cuando comenzaba a sentir que finalmente el recuerdo de ella se hacía más lejano e inalcanzable y que su temor se convertiría en dolor y luego en tristeza y luego en olvido y por último en nada, la noche en que logró entender que la memoria del calor y el tacto de las manos de Carlota que él guardaba en sus propias manos desgastadas y que sentía cada nuevo día menos, ahora tocaba su corazón y acariciaba su pena y atravesaba sus ojos y se derramaba en esa lágrima. Que a medida que la figura de Carlota se hacía más tenue, transparente, menos densa y más lejana, no se perdía sino que se metía dentro suyo y se hacía suya tanto como la de él.
La trampa que puso al rito de la desmemoria que hay obligada en los días apilándose, alejándose de su vida y su pasado y su recuerdo, no fue la de observar sus manos y evocar su rostro: sus manos ya no me tocan, porque son sus manos las mías, pensó. Su imagen se desvanece porque es el alma de Carlota lo que se muestra cuando pienso en ella. Su recuerdo vivirá en mí porque no se ha ido más lejos que dentro mío.

Donato Sosa

lunes, 9 de enero de 2012

La creíble y absurda historia del encanto del cartero


Sobre el cuento La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, de G. G. Marques


El cartero andaba a mula cuando comenzó la brisa de su encantamiento. Iba ausente del trayecto, ya que sus dos bestias conocían el camino monótono que unía dos pueblos aquietados. El andar en su montura se sentía uniforme y el calor lo agobiaba bajo su casco de corcho. Por eso no sospechó del lento golpe de aire que el desierto tenía preparado para él; lo despertó para saludar a una abuela con aspecto de ballena de arena junto a una tienda al costado del camino.
Al seguir de largo la abuela le hizo una seña para que viera dentro, y él recobró la conciencia como quien quita del fuego la leche hirviendo. Desmontó, se acercó amablemente y abrió la cortina de la tienda: vio una niña disfrazada de mujer y recostada en el piso como una ninfa de piedra. Tuvo que abrir y cerrar los ojos para entender la belleza.
- ¿Le gusta? – preguntó la abuela.
- En ayunas no está mal – sonrió el cartero.
- Por cincuenta pesos es suya un momento – sentenció la señora.
Una vez negociado el precio se instaló en la carpa. La niña se quitó las pestañas postizas y lo ayudó a desvestirse. Luego se acostaron y recibió de ella el amor por el que pagaría más con su cordura que con dinero. Allí estaba el hechizo, tendido junto a él sobre la estera. Si la señora es una ballena de arena, pensó, la niña ha de ser una sirena del desierto: el espejismo que custodia. El cartero tuvo que pisar fuerte el suelo para disimular cuánto le temblaban las piernas al salir de la tienda.
Cuando recuperó el camino, las mulas y su tarea, aun no había recobrado la inteligencia. Estaba absorto, como ausente, pero esta vez no por el calor: una parte suya permanecía acostada junto a la sirena.
Con esa mirada perdida va a ir a dar a cualquier puerta - , dijo el gendarme del pueblo al que llegaba tras las horas en que sus mulas caminaban el desierto y él se paseaba en la ilusión.
- Teniente Ignacio - contestó quitándose el casco el cartero, - ¡qué sorpresa!
- ¿Lo sorprende mi presencia aquí, donde estoy desde que tengo memoria? ¿Usted no se habrá insolado?
- Algo me han hecho...
- ¿De qué habla, cartero?
El cartero bajó de su mula y tomó la correspondencia para el primer hombre del pueblo.
- Tome, esto es para usted.
- Cuénteme… ¿qué le han hecho?
- ¡Me han puesto un hechizo!
Al escuchar la noticia, el gendarme decidió acercarse a la tienda al costado del camino. Y luego también el herrero:
- ¿Hechizado? - preguntó incrédulo el hombre de los metales.
- Es que hay una muchacha custodiada por una vieja al costado del camino, que son más que una muchacha y una vieja... - imponía el misterio el cartero.
- ¿Qué es lo que son? - le preguntó con sorpresa el doctor Aguirre la misma tarde.
- La señora tiene aspecto de bruja vieja de magia negra, y al abrir la carpa uno encuentra su mejor hechizo, el peor para el hombre - repuso el cartero con la paciencia que requería el ejercicio de perfeccionar su discurso.
- ¿Cuál es el hechizo? - preguntó un colega del correo aéreo al ver su rostro mientras compartían el paso al siguiente municipio.
- La misma muchacha - afirmó el cartero.
- Entonces, es una ramera... - contestó el escandalizado señor de la casa naranja entre pueblo y pueblo.
- Señor, - repuso el cartero al párroco, sabiendo que ponía a prueba su parlamento ya bien practicado, - lamento mucho haber caído en la tentación, pero creo que ni usted hubiera resistido…
- ¿Cómo se atrevió? – preguntó un fotógrafo al final de la jornada.
- No lo sé todavía. Pero la carpa, a esta altura, está plagada de hombres haciendo fila para caer en la trampa de la que aun no he podido salir.

No fue por su rostro poseído que la gente le preguntaba qué era lo que le había ocurrido. Ni por tanto pronunciar su discurso que se encontraba prisionero en el encanto del recuerdo. El cartero se había enamorado de Eréndira, y al enterarse de su nombre, le escribió una carta por cada día en que tomaba un camino diferente. Cuando le tocaba pasar por la tienda, transformada cada vez en un circo mayor, cerraba fuerte sus ojos e imaginaba que se las leía, recostados los dos sobre la estera. Y ella lloraba y emocionada le decía:
- ¿Quieres amarme de nuevo?
- Guarda energías para la clientela.

Almendra Bernal