lunes, 9 de enero de 2012

La creíble y absurda historia del encanto del cartero


Sobre el cuento La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, de G. G. Marques


El cartero andaba a mula cuando comenzó la brisa de su encantamiento. Iba ausente del trayecto, ya que sus dos bestias conocían el camino monótono que unía dos pueblos aquietados. El andar en su montura se sentía uniforme y el calor lo agobiaba bajo su casco de corcho. Por eso no sospechó del lento golpe de aire que el desierto tenía preparado para él; lo despertó para saludar a una abuela con aspecto de ballena de arena junto a una tienda al costado del camino.
Al seguir de largo la abuela le hizo una seña para que viera dentro, y él recobró la conciencia como quien quita del fuego la leche hirviendo. Desmontó, se acercó amablemente y abrió la cortina de la tienda: vio una niña disfrazada de mujer y recostada en el piso como una ninfa de piedra. Tuvo que abrir y cerrar los ojos para entender la belleza.
- ¿Le gusta? – preguntó la abuela.
- En ayunas no está mal – sonrió el cartero.
- Por cincuenta pesos es suya un momento – sentenció la señora.
Una vez negociado el precio se instaló en la carpa. La niña se quitó las pestañas postizas y lo ayudó a desvestirse. Luego se acostaron y recibió de ella el amor por el que pagaría más con su cordura que con dinero. Allí estaba el hechizo, tendido junto a él sobre la estera. Si la señora es una ballena de arena, pensó, la niña ha de ser una sirena del desierto: el espejismo que custodia. El cartero tuvo que pisar fuerte el suelo para disimular cuánto le temblaban las piernas al salir de la tienda.
Cuando recuperó el camino, las mulas y su tarea, aun no había recobrado la inteligencia. Estaba absorto, como ausente, pero esta vez no por el calor: una parte suya permanecía acostada junto a la sirena.
Con esa mirada perdida va a ir a dar a cualquier puerta - , dijo el gendarme del pueblo al que llegaba tras las horas en que sus mulas caminaban el desierto y él se paseaba en la ilusión.
- Teniente Ignacio - contestó quitándose el casco el cartero, - ¡qué sorpresa!
- ¿Lo sorprende mi presencia aquí, donde estoy desde que tengo memoria? ¿Usted no se habrá insolado?
- Algo me han hecho...
- ¿De qué habla, cartero?
El cartero bajó de su mula y tomó la correspondencia para el primer hombre del pueblo.
- Tome, esto es para usted.
- Cuénteme… ¿qué le han hecho?
- ¡Me han puesto un hechizo!
Al escuchar la noticia, el gendarme decidió acercarse a la tienda al costado del camino. Y luego también el herrero:
- ¿Hechizado? - preguntó incrédulo el hombre de los metales.
- Es que hay una muchacha custodiada por una vieja al costado del camino, que son más que una muchacha y una vieja... - imponía el misterio el cartero.
- ¿Qué es lo que son? - le preguntó con sorpresa el doctor Aguirre la misma tarde.
- La señora tiene aspecto de bruja vieja de magia negra, y al abrir la carpa uno encuentra su mejor hechizo, el peor para el hombre - repuso el cartero con la paciencia que requería el ejercicio de perfeccionar su discurso.
- ¿Cuál es el hechizo? - preguntó un colega del correo aéreo al ver su rostro mientras compartían el paso al siguiente municipio.
- La misma muchacha - afirmó el cartero.
- Entonces, es una ramera... - contestó el escandalizado señor de la casa naranja entre pueblo y pueblo.
- Señor, - repuso el cartero al párroco, sabiendo que ponía a prueba su parlamento ya bien practicado, - lamento mucho haber caído en la tentación, pero creo que ni usted hubiera resistido…
- ¿Cómo se atrevió? – preguntó un fotógrafo al final de la jornada.
- No lo sé todavía. Pero la carpa, a esta altura, está plagada de hombres haciendo fila para caer en la trampa de la que aun no he podido salir.

No fue por su rostro poseído que la gente le preguntaba qué era lo que le había ocurrido. Ni por tanto pronunciar su discurso que se encontraba prisionero en el encanto del recuerdo. El cartero se había enamorado de Eréndira, y al enterarse de su nombre, le escribió una carta por cada día en que tomaba un camino diferente. Cuando le tocaba pasar por la tienda, transformada cada vez en un circo mayor, cerraba fuerte sus ojos e imaginaba que se las leía, recostados los dos sobre la estera. Y ella lloraba y emocionada le decía:
- ¿Quieres amarme de nuevo?
- Guarda energías para la clientela.

Almendra Bernal