miércoles, 16 de noviembre de 2011

VISITA GUIADA

Cubriendo una nota para un periódico poco distinguido fue que tuve la oportunidad de visitar la Antigua Ciudad Autónoma. Esto es lo que allí escribí.

El equilibrio entre las fuerzas está mal constituido aquí, pensaría quizás nuestro científico Carlos Dodson al hablar de este lugar. Es una sensación que dice tener cualquier visitante de la ciudad, aunque no tan claramente como lo haría Dodson. Porque la gravedad hace lo suyo, al igual que en cualquier otra parte de este viejo planeta, pero es la disconformidad que habita en los pobladores, la que se respira en el aire, lo que altera las leyes de la naturaleza. O, si eso no puediera ocurrir, al menos genera una percepción colectiva (para todo turista). La misma disconformidad que desde los inicios ha mantenido andando a los pobladores y en expansión a la ciudad que pueblan, hoy transforma la temperatura de la zona en un calor aplastante, al ver y sentir que todo aquí se arrastra como agotado. Y no hablo solo de las personas, que sí se mueven como temiendo (pero deseando) ser convocados por algún antojo común al del resto, o por los anuncios de venta, para perder la paciencia y aumentar la expectativa y sus días de vida. También las cosas (bienes y útiles) lucen disconformes y arrastrándose. No las que salen en los anuncios y las que los anunciantes y los compradores imaginan. Sino las que los compradores compran y usan y descartan. Las que la municipalidad entierra en los lugares en que aun no hay gente revolcándose.
A más de una década de la catástrofe los ciudadanos han modificado usos y costumbres de lo que se valen y los rodea. La clase baja adaptó sus herramientas y cambió sus hábitos por los más convenientes para hacerse de los sueños de los que creen que sí saben soñar, de la forma más rápida y económica (sin tener en cuenta el costo y el beneficio sino el valor de reventa). La clase media continúa produciendo intelectuales tendenciosos, sin intereses ideológicos pero con buenas intensiones (carentes de pensamiento crítico), micro emprendimientos familiares en constante reformulación y consumidores calificados de productos desvalidos. La clase alta agudizó su misericordia para juzgar los diferentes excesos como los efectos de la misma causa, mientras construye inmensos cráteres inviolables y en las afueras para agruparse y dejarse caer con naturalidad y entre gente como uno. Por supuesto, entre clase y clase están los transeúntes de los límites en los que se adivina, a simple vista, lo dichoso o irremediable en cada situación, estén en alza o en baja.

Por fortuna puedo entrevistar a la única persona que encuentro hablando perfecto español y no ya el dialecto que lo deforma. El anciano me acompaña a visitar una porción de tierra en que ha quedado un trozo de “nostalgia”, según su propio punto de vista. "Aun conservan un árbol, de esos que se plantaban en las veredas. Todos los otros fueron eliminados para no seguir alimentando ilusiones de las de verdad". El anciano se abre a la entrevista: "en la nueva lengua de estos nuevos habitantes se han censurando los adjetivos en un comienzo; y luego, creyendo ser más respetuosos e inteligentescomenzaron a hablar sin preguntar. Por ejemplo, ¿sabe como se saluda aquí?: - ¡yo estoy bien! El otro responderá - ¡yo estoy bien, también! Si alguno preguntara, seguramente especularía con alguna respuesta, y de sentir envidia, iría a parar a lo alto de un edificio de manos de la policía".

Almendra Bernal