jueves, 21 de julio de 2011

UN HOMBRE DE SU REY

Cualquier persona de la que se rodeaba lo consideraba insignificante, pero nuestro hombre, ignorando esa conducta por descuido o ligereza, tomaba muy enserio su labor y su existencia: la voz de su Rey era palabra divina, y para él, también era su mandato. Con delicadeza probaba a diario del manjar de sus comidas, bebia de su vino y saboreaba sus frutas. Con paso leve y sentidos alerta recorría sus jardines y las habitaciones de su palacio, sintiendo cargar en sus espaldas la incómoda presencia de la escolta real. Pasaba el día envuelto por la riqueza más extrema y las personas más influyentes de su época, sin embargo, al volver a su casa encontraba sólo a su mujer y se enfrentaba a una pobreza. Ajeno también a este contraste, era el hombre más a gusto sobre esas tierras: jamás llegó a desear algo que no tuviera, y claro que nada tenía. Jamás, hasta que un día despertó con deseos de volver a comer las uvas que había probado en el plato de su Rey.
Antes que eso la vida lo sorprendía constantemente, pues a cada momento debía cumplir con su extraordinario trabajo. Algunas veces los momentos llegaban a destiempo: una mañana lo despertaron los guardias reales con un llamado para probar los fuegos artificiales con que se celebraría, esa misma noche, el cumpleaños de su Rey. Tal importante suceso ocurría justo un día antes del aniversario de casados de nuestro hombre con su mujer. A punto de emprender el viaje al palacio, y topándose con tal coincidencia delante de sus ojos, la semilla de una fantasía intentó sembrarse en él. Pensó en convencer rápidamente a su mujer de que el Rey, a gusto por los servicio de tan humilde servidor y en justa retribución, haría arrojar esos fuegos a los cielos en conmemoración al aniversario de casados, pero un día antes de que se celebrara su propio aniversario de vida, y de día, para no restarle importancia al evento mayor. Tenia que mentir. Entendió que ese no era el camino, pero deseoso del placer de su amada, y a punto de entregarse a su tarea, quiso quedarse con uno de los fuegos para arrojarlo la noche misma del aniversario. Debía robar. No quiso pensar más e intentó poner fin a la ilusión probando los fuegos de artificio, deslucidos a la luz del sol y en un campo sin nadie más que él. No había peligro: podían usar la pirotecnia de la misma confección para la noche de agasajos. Al caminar entre los restos vio un único tubo sin haber explotado. Se quedó con él sin disimulo… era pequeño e insignificante.
La noche que le siguió a la del cumpleaños de su Rey, con sus invitados aún alvergados en el castillo pero agotados por el festejo, fue mucho más estrellada, más cálida, más silenciosa y agradable, seguramente a causa del contraste con la anterior noche. Nuestro hombre, el hombre de su Rey, también agotado pero felizmente, llegó tarde a su casa y besó a su mujer luego de declararle su amor eterno nuevamente. Allí fue que, para celebrar su aniversario y regalar placer a su amada, colocó en posición el fuego de artificio más pequeño e insignificante jamás creado. Lo encendió y se alejó, acercándose a ella y abrazándola. El brillo de una segunda luna iluminó como el sol, fue visto desde kilómetros de distancia, y fue más que cualquier otro fuego en la fiesta de su Rey, o la suma de todos ellos. Su mujer lo apretó contra el pecho tan fuerte que podía imaginar que sentía su corazón latir.
A la mañana siguiente despertó con deseos de volver a comer las uvas que había probado en el plato de su Rey. A la siguente, no despertó: la voz de su Rey mandó a cortar su cabeza.
Donato Sosa