jueves, 7 de noviembre de 2013

Autor Intelectual

Dedicado a la Asociación MIGRÉ*

El caso se abrió camino en los medios entre los demás escándalos, porque en las sobremesas y en los ascensores es el primer tema: los porteños viven conmovidos por la idea y atrapados por el desenlace.




Cuando "los agarraron", la ciudad entera fue testigo de los comandos y las persecuciones por TV, por radio o por internet. Sufrieron o festejaron la caída de cada héroe en cada allanamiento, a cada persecución. Sólo uno de ellos se entregó voluntariamente, el más meditabundo y menos célebre. Los otros se vieron obligados al espectáculo de resistirse, de escabullirse, de fugarse.


Enseguida la gente dividió sus simpatías entre los delincuentes, imitando el corte de pelo de su favorito, comprando la ropa que vestía y el perfume que decía usar en los precipitados comerciales. A la espera de los avances del caso arriesgaban resultados con total seguridad, participando en los "continuará..." con el deseo, prediciendo lo que traería esos puntos suspensivos con pálpitos polémicos.


Programas enteros se dedicaron a inflar el imaginario colectivo y a idealizar a los protagonistas; sobre todo, a inventar conflictos y tiempo de aire para vender sus perfumes y pañales descartables. Cada sospechoso gozó de la fama y sus dividendos, firmando contratos como se firman autógrafos. Hoy, los espectadores y el aparato mediático tejen los cabos sueltos del inminente final de esta historia.


La trascendencia del caso le otorgó prioridad ante la justicia. Esta mañana, por las escalinatas del juzgado desfilaron los acusados ante cientos de cámaras y micrófonos. Uno de ellos llegó temprano y aguardó leyendo bajo una arcada, pasando desapercibido ante la multitud. El resto demoró su entrada repartiéndose entre los periodistas y los fanáticos. A lo largo del día, en el banquillo se han sentado todos los acusados. Sólo uno de ellos se negó a declarar contra el resto. Los demás implicados lo reconocieron y acusaron como el autor intelectual.


* * *

Redacto esta crónica en el intervalo que dio respiro a los espectadores, y aire a las supersticiones y a los sponsors. Luego de interrumpida la sesión se recobran las ubicaciones en el tribunal. Vuelven los jueces, vuelve la prensa y los otros actores. Vuelvo a mi espacio de privilegio para narrar el último giro de esta trama.

El fiscal dijo tener pruebas irrefutables de los hechos y de la participación de cada cual. Al presentarlas, el hombre que se entregó voluntariamente, que llegó temprano al juzgado y que se negó a declarar contra los demás acusados fue el único que las aceptó. Ahora las convalida y explica detalles que agravan su situación: cuenta pormenores ignorados por todos que lo implican aún más.



Quizá usted lo vea en directo, ahora mismo, o en diferido. Estará tan seguro como yo de que este hombre está tranquilo, tanto como parece estarlo. Que esperó por este momento. Respira profundo y esboza una sonrisa. El fiscal ahora se retira desorientado y es su momento de la defensa. Transcribo sus palabras:


"Me enorgullece que me reconozca como el autor intelectual. En mi vida no abundan los reconocimientos. Hace poco menos de un año tuve uno especial. Este grupo de hombres ambiciosos me consultó si alguna vez había pensado en cómo robar un banco. Les dije que tenía una idea desde hace mucho tiempo, que me apasionaba el tema, que había leído muchos autores de este tipo de relatos, pero que desdeñaba la violencia. Debía pensar cómo evitarla.


No pusieron objeciones y parecían escuchar con atención. Les aclaré que necesitaba de una inspiración y me acercaron una suma de dinero de esas que nunca es suficiente; así y todo fue mi mejor paga hasta el momento. Me dieron a elegir entre algunos bancos, en mi profesión se les llama locaciones. Opté por el banco que frecuentaba. En sólo dos semanas la historia estaba escrita.


Volví a reunirme, esta vez sólo con quien producía al grupo. Le conté la trama pero no revelé el final. Se sorprendió por la idea, pero fue incrédulo con el posible éxito y sus ganancias. Lo sedujo escuchar que por más que nos atraparan, ninguno sería encontrado culpable. Lo mantuvo inquieto saber que deberían aprender algunas líneas y respetar ciertos detalles, ciertas conductas.


Tendrían que "actuar" como auténticos profesionales de principio a fin. Hasta el verdadero final de la historia. Y para conocer ese final, le advertí, debíamos firmar un papel al terminar con los preparativos. Preguntó si tenía que ver con mi parte en las ganancias, y le dije que sí. Todavía recuerdo la sorpresa que me llevé cuando vi que realmente confiaba en mí. Eso sí que no abunda en mi profesión.


Al cabo de 5 días concluímos con lo necesario para llevar a cabo el plan; volvimos a juntarnos. Él estaba dispuesto a negociar un porcentaje, aunque no tuvo que molestarse. En mi trabajo, expliqué, la gente como yo firma un papel con la gente como usted. Los autores cedemos los derechos de nuestras obras, por los siglos de los siglos. Me miró sorprendido, y con una risa burlona preguntó por qué no quería mi parte del negocio. Le dije que era lo que se hacía; y que sí la quería, pero que por última vez renunciaría a ella, para no volver a renunciar nunca. Que era parte del plan, de la trama.


Con tal de conocer el final, y sin nada que perder, firmó. Es el papel que tengo aquí conmigo, la verdadera prueba irrefutable. Cedí los derechos de esta obra a los autores materiales del robo.


No cobré un sólo centavo de todo lo facturado en este increíble negocio además de lo que se me pagó por mecanografiar la idea que concebí, pensé y pulí durante toda mi vida; para la que leí, estudié y reflexioné durante toda mi vida; la que tuve que adaptar en la forma de una historia durante sólo dos semanas. Pero, como es costumbre en mi trabajo, aquí en mi ciudad, cedí los derechos de mi obra. Ésta es la firma del autor material: el nuevo dueño de la trama. El guión, está en su poder".


Reina un silencio total en el salón. El más mediático de los acusados se pone en pie y pide permiso para mostrar una prueba al juez. Extiende un brazo y da un pilón de hojas a un asistente; éste se las acerca.
Retoma el hombre tranquilo, desde el banquillo. "Sr. Juez: ¿puede ir a la última página del guión? Sobre el final, debajo de "AUTOR", en mayúsculas y centrado, leerá estas líneas, que no me costó memorizar".

"Si cedí mis derechos, imagino que también cedí mis obligaciones y estoy libre de cualquier implicación como autor intelectual del presunto delito. Si aún así estoy implicado, es señal que mi trabajo está vinculado con lo que provoca, e imagino que también voy a poder exigir que se reconozcan mis derechos por cada obra que debí ceder durante toda mi vida como autor".


"Así, la pena que deba cumplir por crear esta trama no será un pesar grave, porque tendré un alivio esperado durante muchos años, y porque los bonos robados por estos maravillosos artistas, de forma pacífica pero tan espectacular, no son más que todas las falsificaciones que le es dado imprimir a un grupo de actores en sólo cinco días. La verdadera ganancia, para mi fue la difusión, y para ellos la publicidad".


Ángel Ermida con Ache


* MIGRÉ es la Asociación de Autores Audiovisuales. Para conocerlos: www.asociacionmigre.com.ar

lunes, 28 de octubre de 2013

Los ocasos

Hay un momento de la tarde en que el sol se precipita.
Justo antes, se despide de mi ciudad con una caricia naranja.
La luz que nos regala tiñe ojos y almas, rostros y figuras,
y la despedida es un roce de calor que nuestra piel guarda.




Si lo bello de escribir es que la idea concebida
perdura al nacer en el papel, casi intacta,
casi como la pensamos o intuimos,
apenas empobrecida;


lo bello del momento de la tarde en que el sol se precipita,
y nos regala con su luz una caricia naranja,
es que todo parece tener fin,
poder extinguirse.


Ese final inminente susurra lento que todo ha nacido,
y que sólo somos una idea concebida por el sol,
como las palabras que dedicamos a su despedida.
Y que al menos una vez por día, nos acarician.

Almendra Bernal

viernes, 11 de octubre de 2013

La vida a los bocinazos


* * *

Para los porteños, el uso de la bocina es inevitable. Más aún: es incontrolable, y a veces imprescindible. No sabemos por qué, pero la usamos para todo.

* * *




Estará de acuerdo conmigo, si es un auténtico porteño, que en un accidente automovilístico uno pocas veces tiene tiempo de frenar, ¡¿va a tener tiempo de tocar la bocina?! ¡No! Así que para eso no la usamos. Está pensada más bien para festejar que un equipo salió campeón, que otro perdió, que nos casamos, que nos divorciamos. Para avisar que llegamos o para saludar cuando nos vamos.


Hay ritmos para cada una de estas situaciones, y aunque no se pueden componer melodías con una única bocina, porque suena siempre en un mismo tono, con la colaboración de algún otro automovilista se pueden lograr cosas maravillosas. Es cierto que los colectiveros hacen trampa, porque en algunos casos ellos sí disparan melodías, pero con tanto tiempo por día en la calle tienen justo derecho a un solo y permitidas otras barbaridades.


Claro que el uso de la bocina no se reserva sólo para asuntos festivos o para gestos en los modales ciudadanos, se usa sobre todo como herramienta para la educación. Sí, a pesar de los insultantes rumores de los mal pensados que nos tildan de groseros, los porteños somos, sea dicho de una vez, educados, tanto como generosos, y queremos que los demás también aprendan. Así que la usamos para instruir al ignorante que maneja delante o al lado. ¡Estamos rodeados...! Pero tenemos la oportunidad de educarlos, al menos "vialmente". Así que tocamos bocina para corregir al que se cruza de carril sin guiño, el que frena de golpe, el que se para en doble fila o el que se cuelga en un semáforo con el celular. Algunas veces, cuando nos trasladamos por la ciudad, también la usamos para dar aviso de toda maniobra que el conductor de adelante, de atrás o de al lado debería estar observando y no observa, y por sobre todo, para observar cualquiera de sus maniobras.


Es imposible no mencionar en este apartado a los peatones, a los motociclistas, y a la nueva pandemia: los ciclistas. Los bocinazos ellos los perciben de forma diferente. Algunos dirán que sólo más fuerte. Yo pienso que deberían recibirlos con agradecimiento, ya que es por el bien de ellos que se los ofrecemos, para que se incorporen a nuestro tránsito como es debido. Al fin y al cabo son los más vulnerables, y es una forma de protegerlos de tanto riesgo que hay en la calle. Sí, un acto de amor desinteresado. Y así nos contestan...
Es imposible no dejar al margen de este apartado a los taxistas. Son, junto con los mayores de 70 al volante, quienes menos utilizan su propia bocina y parecen ser inmunes a su sonido cuando proviene de otro auto.


*  *  *
Desde luego, el uso más curioso, y a su vez el de mayor utilidad, (¡que se burlen los escépticos!) es el “bocinazo mágico”. Usted sabe de lo que hablamos… Es una superstición que se lo llamen "mágico", porque esto es un asunto de acción y reacción. Pero... la ingenuidad también tiene cabida en esta ciudad. Lo explicamos aquí, con un ejemplo, porque siempre hay un distraído.


Pongamos por caso que estamos a mitad de una cuadra larga y repleta de autos. Saturada. Nada se mueve. No se ve más que un tumulto de coches, una mínima línea en fuga repleta de motores y ventanillas que entra a serpentear y se hace confusa. Los más comprensivos empezamos a sospechar que algo está sucediendo ahí delante. Déjeme ser franco por un segundo: la verdad es que no importa; no necesitamos ver nada, ni suponer nada, porque no hay nada que comprender. No interesa si el tránsito está atascado porque atropellaron a alguien, porque hay un bache, si está reducida la calzada porque están “fabricando” más bicisendas, porque hay un intento de suicidio desde un séptimo piso, o si está cortada la calle por una manifestación. No importa, porque estamos apurados. El verdadero porteño nunca tiene tiempo. Y no importa, sobre todo, porque tenemos entre manos y delante de nuestros ojos la solución: la bocina, ¡el “bocinazo mágico”! Y es tan sólo cuestión de apretar.


Entonces, presionamos la bocina, primero de forma intermitente. El timbre que tenga, y su registro, marcarán ciertas diferencias, pero eso es otro asunto. Después de un tiempo, que generalmente medimos por el grado de nuestra euforia, y si nada sucediera, presionamos a fondo y de forma contínua. Al máximo. Disfrutando… Aquí otra verdad sobre el bocinazo que los filósofos no se cuestionan, otra sensación que los poetas no han traducido en versos, y otro placer que los psicólogos no… no han hecho eso que hacen ellos con estas cosas: el bocinazo relaja. Lo hace de una manera particular, por supuesto. En situaciones evita complejizar los traumas, cuando actuamos de forma rápida (el bocinazo inmediato, frontal, transparente, auténtico). Otras veces, llegando a los límites de la histeria, como una verdadera obra de arte da lugar a la catarsis (el bocinazo prolongado, furioso, eléctrico, premeditado).


Nadie se anima a decirlo, pero estoy seguro que si el caso lo estudiaran los científicos, o los médicos, nos encontraríamos con que previene enfermedades, disminuye el riesgo de contraer cáncer, hace bien a la piel, y al pelo, y otro montón de cosas (además de que no te deja con el olor y la viscosidad del aloe vera). Podríamos incluso formalizar las bocinoterápias urbanas, el Gobierno de la Ciudad las absorbería al instante y los japoneses las imitarían y perfeccionarían.
* * *

Pero volvamos al tema central, al ejemplo que nos atañe: estamos atascados en una fila inerte de autos, y hemos intentado el bocinazo intermitente sin resultados. Quizá le provoque respirar profundo, probaremos ahora el bocinazo sostenido (el verdaderamente mágico). Insisto en que es aquí donde más se nota el timbre y el registro de nuestra bocina, quedando en evidencia la marca del auto que tenemos, ergo, nuestro estrato social. No se preocupe, que cualquiera puede participar. Porque necesitamos de usted. Si en este ejemplo usted va en el auto contiguo, súmese. Mientras más seamos tocando bocina, más poderoso el efecto. ¡Presione con fuerza! El bocinazo mágico muchas veces es una tarea colectiva. Eso sí, le advierto: procure hacerlo con los vidrios cerrados, porque afuera está sucediendo la magia, y resulta un poco escandalosa. No haga caso a las quejas del resto de los transeuntes fuera del habitáculo, poco saben los pedestres de su gran cometido.


En segundos, y por este efecto infalible de acción y reacción, se soluciona lo que sea que esté pasando ahí delante y se recupera la marcha de la calle a una velocidad aún mayor de la que antes tenía. Y siéntase aliviado, que si esto no ocurre, sólo es cuestión de repetir la operación.

Ángel Ermida con Ache

martes, 1 de octubre de 2013

Vania a la vuelta de la esquina

Sobre Tío Vania, de Chejov; y Vania en la calle 42, de Louis Malle


Nueva York, Calle 42 y 3ra. 
Teatro rumboso. Martes, 4 pm

Cuatro hombres de pie en las tablas: ANDRÉ GREGORY, director de la compañía; WALLACE SHAWN, quien interpretará a Vania; GEORGE GAYNES, quien interpretará a Cerybryakov; LARRY PINE, quien hará el papel de Astrov, el médico.

ANDRÉ GREGORY (sonriente): Parece estar a punto de venirse abajo, pero es lo mejor que conseguimos hasta el momento... ¡Hasta el momento en que se derrumbe!
(risas)
WALLACE SHAWN: mhm... es cierto que el lugar deja bastante que desear...
GEORGE GAYNES: lo importante es que aquí estaremos tranquilos para ensayar al menos 2 veces por semana.
LARRY PINE: ¡y que estoy a 6 cuadras de mi casa! 
(risas generales)
WALLACE SHAWN (con el rostro afectado): ¿es cierto eso?
LARRY PINE: sí... vivo en frente a la cafetería de 48 y 3ra. 
GEORGE GAYNES (a Wallace): ya lo pondremos en condiciones cuando lleguen los demás...
ANDRÉ GREGORY: sí, es que no les conté a todos: sólo nos falta encontrar a Sonia, tu sobrina, Wall... Hoy vienen 2 muchachas para la audición. Los demás papeles ya están asignados. 
LARRY PINE (bromeando): También nos falta encontrarnos a nosotros en los personajes...
ANDRÉ GREGORY (sonriente): Por supuesto... para eso estamos ensayando.

Martes, 8 pm

Los actores se cambian para marcharse. Wallace y André están sentados apartados del resto.

WALLACE SHAWN: La cosa es que creo saber qué es lo que me ocurre... 
ANDRÉ GREGORY: ¿De qué se trata?
WALLACE SHAWN: Quizás sea este sitio... no me encuentro cómodo en este sitio.
ANDRÉ GREGORY: Sé que no es el lugar confortable, pero...
WALLACE SHAWN (lo interrumpe ensimismado): ¿Además, viste la forma en que aplaudieron a George? ¿Viste la forma en que interpretó el papel? El sí parece hecho para su personaje, o está a la altura de la situación. Quizás sea simplemente un mejor actor, más experimentado que yo. O tal vez es sólo que con él elegiste bien... No estoy seguro si este papel es para mi...
ANDRÉ GREGORY (manteniendo su sonrisa): De esa forma, no estás seguro de ti, pero tampoco estás seguro de mi elección...
WALLACE SHAWN: No lo tomes así, André... Eres mi amigo (con una sonrisa y mirándolo a los ojos). ¿Cuánto tiempo hace ya que nos conocemos?
ANDRÉ GREGORY (dando una carcajada): Esas son las líneas de Larry y las palabras de Astrov, no las tuyas, ni las de Vania...
WALLACE SHAWN (le toca el hombro): Somos amigos y nos conocemos bien. Sabes bien que el asunto no es contigo, sino conmigo... Me encontraría mejor en cualquier papel, incluso en el de la chica nueva, en Sonia... Es más digno que el mío.
ANDRÉ GREGORY: Wall... el protagónico no lo tienes por nuestra amistad sino por tu talento. Estamos aquí para disfrutar de esta obra; hasta que no lo consigas, te propongo que sigas viniendo, pero que no intervengas: quédate conmigo, como espectador. Yo daré desde mi espacio tus líneas a los actores. Ya encontraremos una excusa para decirles que no llame la atención.

Cafetería. Miércoles 5 pm.

Wallace Shawn está sentado a la única mesa que da a la ventana en toda la cafetería, parece haber pasado varias horas allí. Con una birome en la mano, hojea un diario y tiene varios más en la mesa.

WALLACE SHAWN (mirando a cámara): teatros aquí y allá. Todo Nueva York parece ahora hecha de teatros, y todos los teatros de la que está hecha Nueva York están ocupados con un grupo de maniáticos ensayando obras de 2 siglos atrás. Los que no están ocupados, claro, cuestan por día lo mismo que una vuelta al mundo en avión para un equipo de fútbol americano (cierra el diario y coloca sobre él su taza de café). 

¿Y qué es lo que hace que este tipo sea más experimentado que yo? ¿Es su edad, acaso? ¿Por qué siempre tiene esa expresión feliz en el rostro? ¿Vivió una guerra, estuvo preso, que todo en la vida lo ve como si fuera un milagro y siempre habla de posibilidades? Y si tiene un alma tan pura, tan positiva, ¿con tanta verdad puede interpretar a un manipulador que finge la inocencia y evoca el respeto sólo por conveniencia? (Sorbe el café de un tirón, se levanta y deja el lugar).

Teatro rumboso. Jueves, 4 pm

La mayoría de los actores está en el escenario. Hablan entre ellos con soltura. André Gregory, el director, se acerca a su silla, a un costado de las tablas, junto a Wallace, sentado. Aun de pie, y en voz alta pero delicadamente, se dirige a los actores.

ANDRÉ GREGORY: Atención amigos, por favor (se disipa el murmullo). Hoy no vamos a ensayar la obra en sí mismo, así que los que aún tienen dificultad con las líneas, pueden dejar sus “ayudamemorias” a un lado. (Algunos actores dejan sus guiones junto a sus abrigos. Hay quienes se quejan por lo bajo, otros se sienten aliviados). Lo que hoy intentaremos es un experimento: una escena que, inteligentemente, no está en la obra de Chejov, aunque se haga referencia a ella. Hoy, intentaremos reproducir el día de la llegada de Serybryakov y de su mujer, Elena, a la hacienda. La idea es que todos puedan desarrollar sus personajes en una situación diferente, feliz, al menos al inicio. También que, luego de retener esta impresión, sientan la desilusión que se propone en la obra, dada la irrupción e invasión del profesor y de su esposa, como propia. En el caso de Julianne (Moore) y de George, ya que son los que irrumpen, deberían sentir en este fragmento una cálida bienvenida, lo que hará más fría, indeseable y molesta su presencia a medida que se desarrolla la obra. (Algunos actores asienten, otros están un poco confundidos pero dispuestos). Una última aclaración: Vania no estará presente a la llegada del profesor, así que Wallace no participará. Si están todos conformes, podemos comenzar recreando un día habitual en la vida de nuestros personajes. Astrov está de visita y pintando uno de sus mapas, junto a Sonia, llevando la contabilidad. Los demás, lo saben: desarrollen sus personajes conforme a lo que han comprendido de ellos hasta ahora. La escena comenzará sólo dos minutos antes que el profesor y Elena ingresen en la casa, y lo harán a mi señal. ¿Están preparados?

WALLACE SHAWN se toma la cabeza. Cuando ANDRÉ lo mira buscando su aprobación, le sonríe cortes. Luego recupera su rostro preocupado.
ANDRÉ GREGORY (a los actores en las gradas): ¡Acción! (A Wallace) Te echarán de menos en esta prueba: verás ahora quién es cada uno, y cómo completas este ecosistema.

Luego de unos minutos

Los actores están en el escenario rodeando a GEORGE GAYNES, interpretando a Serybryakov, y a JULIANNE MOORE, interpretando a ELENA.
GEORGE GAYNES (interpretando a Serybryakov): Es cierto que el lugar deja un poco que desear para quien está acostumbrado a las comodidades de la vida en la ciudad. Espero que el calor de todos ustedes lo compense sanamente.
JULIANNE MOORE (interpretando a Elena): Por supuesto que así será, querido. Sonia, puedes preparar el cuarto principal junto a Marina, para que tu padre pueda descansar de su viaje.
BROOKE SMITH (interpretando a Sonia): Desde luego, Elena. Ven Nana, ayúdame a que mi padre tenga una encantadora estancia en este lugar.

Mientras la acción continúa, WALLACE SHAWN reflexiona.
WALLACE SHAWN (agazapado y en voz baja, mirando a cámara): Me tocó interpretar a Vania, ¡pero no puedo dejar de pensar como Serybryakov! Me siento recién llegado a una hacienda pobre que creo que me pertenece, y aunque es obvio que esta obra no es mía, no puedo dejar de criticar el espacio. Tampoco puedo dejar de sentir envidia por ese hombre. Para peor, continúo ajeno al grupo, y actúo como un arrogante.

Actores y el poco público presente aplauden cálidamente. WALLACE SHAWN se asusta por el sonido, y observa bien qué está ocurriendo. Los actores se turnan para saludar y felicitar a GEORGE GAYNES.
WALLACE SHAWN (a cámara con una sonrisa incrédula): ¿lo ven? ¡Todos lo envidian!

Cafetería. Viernes, 5 pm.

Wallace Shawn está sentado nuevamente a la única mesa que da a la ventana en toda la cafetería. 
WALLACE SHAWN (mirando a cámara): Sé que tengo que dejar de actuar como Serybryakov, y sobre todo, que tengo que dejar de envidiar a ese hombre. Pero, ¿dónde está mi personaje? ¿Dónde está Tío Vania? (Toma un trago de café y alza una un libro para leerlo en voz alta). Escuchen esta crítica sobre mi personaje: Vania es un hombre modesto “(como yo lo soy)” que trabajó toda su vida por un ideal que ha muerto antes que él “(como me ha ocurrido)”, y delante de sus ojos “(tal vez no lo he visto yo tan claramente)”. Que ha entregando la vida a un hombre que admiró en vano “(maldito Gregory)”, y que siente haber desnudado y así descubierto que tras esa admiración, se esconde el acoso “(Gregory me acosa, pero sin darse cuenta)”. Un hombre que cree haber desperdiciado su vida y que es tarde ya para recuperarla “(aun quedan unos días)”. Pero que, a pesar de que se siente atrapado, no está dispuesto a la nada, ni a renunciar por lo poco que tiene “(no estoy tan seguro)”.

Se ve entrar a LARRY PINE a la cafetería. WALLACE lo reconoce pero disimula su presencia. Ensaya una vez la sorpresa por haberlo visto, pero LARRY no lo reconoce. Hace su pedido. Al momento de tomar asiento WALLACE repite el gesto de sorpresa y LARRY lo complementa.

LARRY PINE: ¡Wall, qué bueno encontrarte por aquí!
WALLACE SHAWN: ¡Es una gran coincidencia!
LARRY PINE: De alguna forma, no lo es... Vivo justo aquí en frente. Creí habértelo dicho.
WALLACE SHAWN: Bien, no es una coincidencia tan grande... 
LARRY PINE: ¿Estás bien?
WALLACE SHAWN: Creo que vas a poder ayudarme...
LARRY PINE: Con mucho gusto... Dime de qué forma.
WALLACE SHAWN: Dijiste que sólo nos faltaba encontrar a nuestros personajes y, verdaderamente, estoy teniendo problemas con eso...
LARRY PINE: Fue en el mismo momento en que te mencioné que vivía aquí en frente.
WALLACE SHAWN: Está bien, ni siquiera es una coincidencia pequeña: estoy esperándote desde la 1 pm.
LARRY queda mudo.
WALLACE SHAWN: ¿Puedes ayudarme?
LARRY PINE: Puedo decirte una cosa. ¿Sábes lo que me gusta de interpretar a Chejov?
WALLACE SHAWN (Desanimado por pensar que saldría con cualquier otra cosa): Nop...
LARRY PINE: Es que sus obras no buscan ni ofrecen respuestas, sino que plantean preguntas. Es así como mueve las fichas de sus personajes. 

Teatro rumboso. Sábado, 11 am.

Todos los actores están en el teatro. WALLACE SHAWN llega con una taza de café y una gran sonrisa al teatro. Se acerca a GEORGE GAYNESS y estrecha su mano. 

WALLACE SHAWN (a George): No sé si alguna vez le dije del honor que siento de trabajar con usted...
GEORGE GAYNESS: Wallace, agradezco mucho tus palabras. Para mi también es un honor trabajar junto a ti y a todo este grupo maravilloso.

Entra ANDRÉ, el director, y todos los actores toman sus marcas.

*** FIN ***






viernes, 20 de septiembre de 2013

Una obra llamada escritor

sobre Un Tranvía llamado Deseo, de Tennessee Williams

La vida de un escritor es, a la vista de sus lectores, la suma de todas sus obras. Una manera sencilla de comprobarlo es atender a que en toda biografía de un autor, el biógrafo (inspirado en el interés del lector) configura todo hecho en torno a las fechas en que fueron escritas o publicadas sus obras.
Caben excepciones en las que resultan más importantes que las obras, o al menos las revalorizan, los contextos en que se desarrollaban, las anécdotas que las rodean, un detalle en la vida del escritor (un accidente importante, estuvo preso, fue mártir o se casó 12 veces) o en su muerte (lo asesinaron en la calle, se suicidó en el mar). Por supuesto, las obras que precisan de esta revalorización como anexo son, coincidentemente, las menos perdurables. 

No solo es la forma por la que conocemos el carácter y el punto de vista del autor, una obra es también la manera en que él nos enseña algo de nosotros mismos, en los mejores casos.
Con lo anterior expuesto, ya no es preciso aclarar que el propósito de este artículo no es divulgar confidencias por todos conocidas e inmiscuirnos en asuntos personales, sino el abarcar una interrogante, y ensayar una respuesta: es posible un caso en que la vida de un escritor esté reflejada en su propia obra, exceptuando las autobiografías. Pero, ¿es posible que un escritor cree una obra, y luego apegue su vida a las peripecias que en ella ha descripto? ¿Es posible que todo hecho (o los más importantes) de su vida quede no sólo apegado a la fecha y la importancia de su obra, sino estrictamente restringido por ella, condicionado e incluso premeditado (con carácter premonitorio)? En palabras más sencillas: ¿es posible que la obra de un escritor, adelante detalles de su propia vida, y revele hechos aun no vividos y acaso insospechados por el autor, trazando su propio destino?

Entre los rumores sobre la vida privada de Tennessee Williams, hay uno que ha sido desmentido por él mismo, lo que implicó, en el conveniente juicio tendencioso de los críticos, aun más sospechas: el personaje de Stanley, en Un Tranvía llamado Deseo, fue inspirado en la figura de su amante por aquellos días, Pancho Rodríguez González, un hombre tosco, masculino y de mal carácter.
Existen más detalles sobre los roles de esa obra. Lo confirmado por el hermano del autor en una entrevista para una estación de radio norteamericana, tiempo después de su muerte, es que la personalidad de Blanche es similar a la del mismo Tennessee. Declaró que la similitud entre ellos se representa en su forma de ver la vida, ya que uno nunca sabía cuándo Tennessee decía la verdad. La frase “a mi no me interesa la realidad, yo lo que quiero es magia”, que inmortalizaría la película dirigida por Elia Kazan, demuestra ese punto de vista.

Williams tuvo que enfrentarse a críticas mordaces durante toda su vida, y en especial en sus últimos años, quizá los de menor creación, repetición de recursos y modificaciones de sus propias obras. Es probable que alguna de esas críticas fueran ataques para desmerecer la obra de un autor desprejuiciado, crítico de la sociedad y de los tabúes de la época, y para colmo, consagrado. 
Pero entonces, si Tennessee Williams estaba reflejado en Blanche, podemos imaginar por un instante que era Mitch el lector de sus últimos trabajos, que ya no sustenta sus encantamientos y sólo le parecen trucos de magia. O bien, si Blanche acabó en un manicomio por el favor de un hombre capaz de la crueldad premeditada, ¿pudo ser Stanley un crítico que aprieta sus dientes al escribir fríamente sobre Williams; al marcar el destino que tendrán sus últimos años de vida? Siguiendo con el mismo razonamiento: ¿escribió Tennessee Williams su propia vida en esta obra?

Tennessee quiso ofrecer su magia, pero no siempre permitían sus trucos. Por motivos de censura tuvo que adaptar una escena de su obra al llevarla al cine. Se trata de la confesión de Blanche a Mitch sobre el suicidio de su marido. En la película nos enteramos que Allan se mata por ser un hombre débil, y porque su mujer lo desprecia; en la obra, más controvertida y acaso por eso modificada, sabemos que Allan acaba con su vida cuando su mujer descubre su romance con otro hombre.

Fue también debido a la censura de la época, esta vez afectando la obra de teatro, que la escena de la disputa final entre Blanche y Stanley, en la que cabe una violación, estuvo a punto de ser omitida en las representaciones de la calle Broadway. De no ser por la insistencia y aprobación del público que sí la había presenciado, pudo ser reemplazada por un Réquiem con un grupo de personas hablando en un bar sobre lo que escucharon y vieron la tarde en que Blanche fue llevada al manicomio, y además, lo que se supone que ocurrió la noche en que Stanley y Blanche quedaron solos en la casa. 
El bar, de nombre “Rumores”, da título a la escena que Williams preparó con alarmada prevención y cierto fastidio, la noche en que la censura estuvo a punto de llevarse a cabo por la policía de Nueva York, y que solo una hora antes de la función fue desarticulada. De menor calidad que el resto de la obra, el fragmento se mantuvo en completo desconocimiento, hasta que años más tarde fue publicado, contra la voluntad de su autor, junto con Un tranvía llamado Éxito, un artículo de su autoría, en la sección Drama de la revista New York Times, un 30 de noviembre de 1947, de la cual consta un único ejemplar en la firma. De él, la transcripción de la escena, traducida y adaptada por el autor de este ensayo:

EL BAR RUMORES
Réquiem

La barra del Bar forma un ángulo de 90 grados con dos sillas a cada lado externo. En uno de esos lados están sentados Gonzalez y Ronney, compañeros de cartas de Stanley y Mitch. Por dentro, y en pie, el Barman.

GONZALEZ (ya bebido, al Barman) - Debiste ver a Stanley, mirándome fijo, como un animal de caza. Ese hombre atemoriza a un tigre. Y sólo porque Mitch lo acusó de haberla trastornado, y nosotros permanecíamos en silencio cuando se llevaban a la señorita Blanche.

Mientras ellos conversan, entra a la escena un hombre de traje y sombrero, Larry Jones, de la casa de empeños “Albee & Jones”, amparándose de la lluvia. Tras él, el joven cobrador de “Evening Star”, quien parece seguirlo sin mucho disimulo. Jones se sienta al lado opuesto de la barra, enfrentando a Gonzalez y Ronney, y pide un whisky al Barman. El joven, sin mejor coartada, se sienta a su lado y ordena una malteada de cereza.

BARMAN (a los muchachos) - ¿Y qué hay de Mitch?

RONNEY - Pensamos que lo encontraríamos aquí. (Reconoce al hombre de la casa de empeños y lo saluda con un gesto. Se dirige a él). ¡No hay mejor lugar para dejar pasar la lluvia!

JONES - ¡Para que pase la lluvia y el tiempo!

GONZALEZ (reconociéndolo también) - Usted llegó a la casa de Stan cuando nosotros salíamos, ¿no es así?

JONES - Así es. Hace tiempo que Stanley quería verme. 

RONNEY - ¿Y usted a qué se dedica, si no le importa la pregunta?

JONES - Mi socio y yo tenemos una casa de empeño. Él quería que estipulara el valor de un arcón repleto de...

RONNEY (interrumpiendo) - ¡¿El arcón de Blanche!? (Luego se da cuenta, y siente culpa de haber interrumpido).

JONES (con paciencia) - Ha de ser ese mismo... No mencionó de quién era, pero de seguro que era de una señora. 

GONZALEZ (un poco ebrio, sonriendo y levantando el vaso) - ¡Señorita...! 

JONES - Como fuera... Creí que solo quería fijar el valor que podían tener sus pertenencias, pero hoy quería empeñarlo todo.

(El JOVEN mira petrificado a JONES, con los ojos abiertos por el asombro).

GONZALEZ - Maldito Stanley, cretino. Siempre se sale con la suya. Esa mujer no necesitará nada más allí donde la llevan.

RONNEY - Yo no veo que lo haya hecho. No trae con usted ningún arcón...

JONES - Lo que allí había eran todas baratijas. Imitaciones, bijouterie, o vestidos de casas de renta. Nada que se pueda empeñar... nada de verdadero valor.

RONNEY - ¿Y qué dijo Stan a todo esto?

JONES - Al parecer lo sabía, o lo creía posible. Igualmente estalló de furia y comenzó a arrojarlo todo. 

GONZALEZ - Ese desgraciado... usted sabe, una noche quedó sólo en la casa junto a su cuñada, la señorita Blanche.

RONNEY (intentando detenerlo) - Oye, no es momento...

GONZALEZ - Deja que el señor lo sepa, que se entere todo el pueblo. (Retomando, a JONES) Una noche, cuando su mujer quedó internada para dar a luz a su hijo, ese cerdo hijo de perra...

RONNEY (interrumpe abruptamente) - ¡He dicho que dejes eso! 

BARMAN - Qué motivo tiene que él oculte lo que sabe. Se enterará de todos modos...

RONNEY - Es que él no sabe nada, son todas habladurías...

GONZALEZ - Entonces puede usted decir que se lo oyó a un borracho en un día de tormenta... 

(El joven recibe su malteada y duda si sentarse en una mesa o permanecer en la barra. Acomoda su silla, y consciente de que está de más en la conversación, mira hacia abajo con disimulo para poder oír).

JONES - No tengo intenciones de salir a contar lo que escucho en cada bar de cada pueblo al que visito.

RONNEY (restándole importancia al asunto) - Lo cierto es que Stanley descubrió que Blanche decía mentiras constantemente, y decidió deshacerse de ella. Y al parecer, también de sus cosas...

GONZALEZ (insistiendo) - Hablábamos de la noche en que quedaron solos en la casa. Esa noche la señorita Blanche salió a la calle gritando, pero volvió a entrar. Minutos más tarde, regresó Stanley del hospital y los gritos fueron más. Se oyeron ruidos de vidrios rotos, se registró una llamada sospechosa, e incluso una vendedora de rosas pudo ver que la señorita Blanche...

JONES - Por lo que escuché hasta ahora, usted intenta que yo mismo saque una conclusión de lo que ocurrió esa noche. (Todos guardan silencio). ¿Qué es lo que insinúa, si se puede saber directamente?

GONZALEZ - Maldición. No haga usted que lo diga.

JONES - Amigo: he oído de Stanley los más escandalosos comentarios con respecto a su cuñada, si bien no sabía que el arcón era una de sus pertenencias. También he oído a su propia mujer hablar de Stanley, cuando él intentaba venderme el arcón, y no fueron las palabras que a uno más le gustaría escuchar.

GONZALEZ (golpeando la barra) - ¡Ese maldito abusó de su cuñada!

(Se hace un silencio sepulcral en el bar. El joven cobrador mira con ojos abiertos a Gonzalez; Ronney deja caer su rostro sobre sus manos, con los codos en la barra; el Barman cierra los ojos y aprieta sus dientes. Jones,  en completo silencio, saca de un bolsillo un dólar para pagar su whisky, y del otro, una pantalla de papel).

JONES (a Gonzalez) - Amigo: Mi negocio es el empeño, no los rumores. Lo único que verdaderamente ha llegado hasta mi de toda esta historia, es esta pantalla de papel que Stan me ha dado por las molestias, y que aquí mismo  dejo. (Pausa. A Gonzalez). ¿Sabe que dije a Stanley que haga con el arcón? Dije que lo regalará al primer prostíbulo que encuentre.

Jones se pone en pie, deja el dólar y la pantalla sobre la barra, a un lado de su vaso vacío, y se marcha sin despedirse.

Mientras Rooney intenta convencer a Gonzalez de marcharse, el joven cobrador tiene la vista fija sobre la pantalla. Rooney paga la cuenta y saluda al Barman en nombre de los dos. Toma a su amigo de la cintura y coloca un brazo de Gonzalez sobre su cuello. Lo carga hasta la salida. El Joven cobrador, sin ser advertido por el Barman, guarda la pantalla en su bolsillo, paga la cuenta y sale del bar con apuro. Telón.
Este extracto tiene una importancia ínfima para el desarrollo de la obra, y es fácil imaginar que la  entorpecería de haber sido incluido. Pero sí es importante para la superstición que encierra este  artículo, la cual sugiere que Williams escribió su vida en esta obra. Y es porque en este fragmento en particular, escribió el destino de toda su obra (de la propia vida de un escritor) como legado. Sobre el final, acabaría de la misma forma que el legado de Blanche: la pantalla que atenuaba la luz con la que alumbraba su magia, en la accidentada búsqueda de manos sensibles que la apañen.



Tennessee Williams ha cambiado para siempre la forma de escribir teatro, y ese cambio, llegado hasta nosotros, es la pantalla de luz en las manos del joven con prisa.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Entrar en la selva

sobre La muerte de un viajante, de Arthur Miller


Esta historia sólo es posible si el delirio no acaba junto con la vida, o si al menos puede mantenerse y durar un instante más, al entrar en la selva.


Tomemos al Willy Loman de la película más reciente sobre la obra, al que encarna Hoffman, pero por sobre todo, tomemos al Willy Loman del libro, el de nuestra lectura personal, que es, quizá, al que más conocemos o a quien más próximo tendremos para continuar esta historia. Podemos suponer que tenga la figura del de la película si fuera más cómodo para imaginar. Aprovechamos, entonces, una de las últimas escenas para ver su rostro y las líneas del libro para comprender el por qué está feliz.


Willy - ¡Oh, Biff!, ¡ha llorado!, ¡me ha llorado! ¡Ese chico va a ser algo excepcional!


Willy entiende que su hijo realmente lo aprecia, que siente afecto por él. Y en seguida, ese instante de vértigo que transforma un pensamiento en una emoción, da nueva luz a la ilusión y hace deslizar a Willy Loman a la temida fantasía: esta vez con impulso resbala hacia el final de su tragedia y al comienzo de nuestro relato.
Willy corre tras su hermano convencido de entrar en la selva, y de poder salir de allí con un diamante tangible, duro al tacto. "Alaska" fue siempre la respuesta del hombre que conocía todas las soluciones a todos los problemas. Esta vez su hermano, de blanco y bañado en luz, lo guiaría como no había podido hacerlo antes. Y el muchacho, SU muchacho, lo pondría en un pedestal, ya que le dejaría 20.000 dólares que lo conducirían al éxito. Entonces, al salir de su casa y al poner su Chevrolet en marcha, puede ya visualizar el camino que su hermano le indica tomar. Es sencillo de seguir, porque también está señalizado. Acelera hacia la gran puerta blanca con el nombre "Alaska". Al cruzarla, siente un gran estallido, gritos y quejidos. Pero pronto todo color cobra intensidad y enmudecen los sonidos. El brillo del blanco se incrementa por sobre los demás colores. Willy tiene que entrecerrar sus ojos para ver algo. Distingue estar en pie junto a Ben, y caminando atraviesan un nuevo umbral en que la intensidad de la luz es menor. Ya puede observar el entorno. Resulta tan extraño como familiar: es blanco, como pensaba, y brilla como diamantes, y está su hermano por delante, alejándose, y hace frío. Willy nunca es tan feliz como cuando está a la espera de algo. Pero esta vez no distingue el suelo de lo demás y sus pasos no son necesarios para avanzar. Todo es demasiado confuso: antes que esperar algo, necesita comprender.
A medida que el relato avanza, también, cabe preguntarnos si la ilusión de Willy resiste a la incertidumbre, o si sospecha algo, o si esto lo ayudará a disolver la fantasía que lo recubre. Lo que sabemos es que Willy hace fuerzas para ver Alaska, para estar cerca de su hermano, para continuar avanzando y dejar ese umbral de niebla detrás. Pero todo se detiene, y él mismo se detiene. También la trama se detiene un instante, y no por no tener dónde ir, sino porque Willy Loman ha comprendido finalmente a dónde es que se dirige.


Mientras la niebla comienzan a avanzar detrás suyo, quizá aún tenga tiempo para responder los gritos de su mujer. Se escucha, desde lejos - ya no desde arriba en su cuarto, sino desde abajo - la voz de Linda gritando: "¿por qué hiciste eso? Éramos libres… libres."
Willy piensa y duda. Quizá se le ocurra qué responder antes que la niebla gane su figura. Quizá entienda qué es lo que ha ocurrido antes que la niebla lo encierre contra el final de esta historia, y se perdone por ello.

FIN


Almendra Bernal