miércoles, 6 de julio de 2011

En un principio

“En un principio (si es que existió tal cosa) Dios creo las leyes newtonianas de movimiento, la maza y la energía necesaria”. Albert Einstein.

Un día un accidente fue confundido con un milagro.
Estaba yo ubicado en exacto equilibrio (o procurando equilibrio) en un asiento independiente del colectivo de la línea 168, que a esas horas de la noche era “el único que me llevaba”. Se dirigía conscientemente al barrio de Balvanera, por un momento ínfimo, en línea recta y con velocidad constante. La irremediable cercanía de mi rostro a la ventanilla hacía que cualquier cosa en la que pensara durante ese viaje estuviera relacionada o afectada por el exterior: en el preciso instante que intento graficar, el escenario era el barrio de Constitución.
Luego de ver cómo un hombre cercano a una esquina le convida un encendedor a uno mucho menor, el que dio calor a una lata de la que salía un tubo por el que aspiraba, se presentó la paradoja: el viento suave e imperturbable que entraba por la ventanilla en sentido contrario al del móvil fue superado por otro de mayor intensidad y con otra dirección. Tal vez porque el colectivo redujo su velocidad o tal vez porque lo hizo el mismo barrio de Constitución, el viento más cálido y más complaciente acarició mi cara y movió irónicamente mis cabellos. Los pocos que aun conservo. Y las ramas de varios de los árboles de esa calle, de la que lógicamente no recuerdo el nombre, tiritaron por el escalofrío. Mi colectivo se detuvo totalmente, contando incluso con la completa ignorancia del colectivero sobre el tema. Al detenerse pude contemplarlo todo: con el soplido de este viento, las hojas apenas entradas al otoño de un árbol en particular, que no distinguí pero que adiviné, se desprendieron festejando el vuelo. Amarillas, verdes y marrones, decoraron esa escena extendiéndose por todo el campo visual, como abriendo un primer capítulo de una historia para contar. Lo trascendente fue que una, la menos indiferente a mi percepción de esta situación, rozó mi cien: me tocó. Cuando mi reflejo avisó y quise agarrarla era tarde. Volvió a confundirse con las otras y, creo yo, porque no lo he visto, cayeron dudando todas al piso.
Recién hoy, una semana después y tras decenas de conversaciones al respecto, pude darme cuenta que no fui parte de un milagro sino testigo de un accidente. De haber recogido la hoja, hubiera sido el principio de mi nueva fe.

Carlos Dodson

Agradecimientos

- !Me hubieras detenido antes de matarla si sabias que iba a morir!
- No sabía que iba a morir, ella me hizo creer... otra cosa.
- En todo caso lo has creído por ti misma. Y también sabes ahora que lo que muere no vuelve a ser llamado de la misma manera que al estar vivo.
- ¿De qué hablas?
- Ahora no es más ella; ahora fue ella, es ESO.
- Tu y tus intenciones de diferenciarte de mi por el modo en que hablas o en que usas este absurdo lenguaje no tendrían que intervenir en este momento. Llevas todo el día nombrando animales y plantas. Date cuenta de una vez que acabamos de matar: acabamos de quitar una vida.
- Por eso la diferencia entre…
- Sabemos que ha muerto, no importa cómo se llamó o cómo se llama.
- El vocabulario marca la diferencia, ahora se la llama de otra manera, pues ha muerto.
- ¡Olvidémoslo! ¿Qué haremos?
- Olvidemos esto también.
- Supongo que es una broma…
- No sé qué hacer. Nunca imaginé que sucedería tan deprisa. Creí que al menos duraría más su apariencia encantadora.
- Nuevamente no sé de qué hablas...
- ¡Eso es lo que siempre debería ocurrir! Quise darte una sorpresa y todo... resultó en espanto. No…
- La hubieras dejado donde estaba.
- Quería agasajarte, mujer. No hubiera podido hacer que fuera tuya. Y tu así lo querías... ¡Tu misma me lo pediste!
- Hablemos con Él, seguramente resolverá este problema. No creo que nos juzgue, tus intenciones eran buenas.
Las flores comenzaron a resguardar sus encantos aún después de arrancadas, gracias a Eva. Siempre murieron, gracias a Dios.
Gracias a Adán hoy existe una “flor” que no muere ni es flor, no nace, no huele ni cautiva. Mezcla de plásticos.
¿Estará Dios agradecido?

Almendra Bernal