lunes, 21 de febrero de 2011

Para acotar distancias

Para acotar distancias, para mantener el respeto, para ser solidario y agregarme al martirio, traté de imaginarlo miles de veces: nunca creí que de verdad sucedería, y por eso usaba mi imaginación.
Puedo pensar, puedo soñar, meditar y reflexionar, analizar y planificar. Llorar fue lo único que hice: un accidente automovilístico me dejó parapléjico desde hace ya 5 años, restando movilidad a todo mi cuerpo. A mis piernas, a mi rostro, a mis manos. Estoy trabajosamente narrando esto con ellas, por no poder correr con ellas, por no poder sonreír con ellas. Son lo único que logré mover hasta el momento.
Pero este relato tiene que tener otra forma. Debería sonreír y no dosificar mi tristeza por el sendero más angosto. Escribir ayuda a reír de verdad, con el corazón.
Y necesito reír porque estoy enfrentando la barrera de nostalgias desde la que mis seres queridos arrojan sus lamentos y suspiros, la compasión y la tristeza. Claramente, también puedo oír. Quiero atravesarla para desdibujarla y llegar hasta ellos. Y que sepan que conservo la vida y el temor a vivir y a morir, y las ganas de diferenciarme de la muerte. La curiosidad y el dolor.
Quiero que se enteren que como estuve dispuesto para aprender a mover nuevamente mis manos voy a estar para cada cosa. Que necesito ayuda para reconquistar mi naturaleza porque la brisa es más que el viento cuando el intento es menos que el deseo.

Mientras mis manos se extiendan y flexionen concentradas en seguir mis intenciones, voy a seguir incesante dando vida a lo que el azar muestra entre mis ideas y los resultados. Quedé involuntariamente inmóvil, y por voluntad logré mover las manos: los dedos medio, índice y pulgar de cada una.
Dejo ver así que soy una persona enceguecida por el deseo, porque mis manos no son lo mismo que tres dedos; y esperanzada. Y es por eso mismo que puedo vivir así, temiendo perder el encierro de mi encanto. Creyendo inventar un alfabeto con tres dedos y una batuta. Creyendo dirigir a una orquesta de músicos ciegos, en la que el primer violín, mi amigo Carlos, cree seguir lo que creo decir.

Donato Sosa